¿Redes sociales? No, gracias

Redes sociales

Fui usuario activo de las redes sociales hasta que las entendí. Una vez se entiende cómo funcionan estas plataformas y cuál es su verdadero propósito dejan de parecer tan glamorosas y divertidas. Más allá de los memes insulsos y los chismes intrascendentes se esconde una realidad mucho más lúgubre y prosaica: los genios de Silicon Valley encontraron la forma de monetizar la idiotez de las masas embrutecidas sin sacarles un solo peso del bolsillo. ¿Redes sociales? No, gracias


Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas.

Umberto Eco.


No se puede desconocer la genialidad que hay detrás de todo este entramado de frivolidad, ridiculez, tontería y por supuesto, billones. Es la amalgama perfecta entre la inteligencia y la estulticia. Los segundos al servicio de los primeros, claro está. En una mixtura distópica de Huxley y Orwell se encontraron el genio y el idiota dando origen a esta nueva normalidad: legiones de zombies pegados a una pantalla día y noche viendo videos de gatos mientras, tras bambalinas, el titiritero usufructúa la mercancía más valiosa de nuestros tiempos: los datos, la privacidad y la intimidad.


Los móviles son el sueño de Stalin, porque emiten cada dos o tres minutos una señal de ubicación. Y peor aún, uno de sus procesadores tiene una puerta trasera universal que los convierte en dispositivos de escucha que no se apagan nunca.

Richard Stallman.


Los idiotas ahora son escuchados, o eso creen ellos pero en realidad a nadie le importa lo que tienen que decir. Es solo otra de sus vanas ilusiones: mi opinión importa, estoy aportando. Los zombies están geolocalizados las 24 horas del día. La plataforma ni siquiera tiene que rastrearlos: ellos solitos lo hacen cada vez que suben sus fotos informándole al mundo entero en donde se encuentran, qué comen, con quién están. Unos y otros manipulados por el algoritmo para que consuman basura disfrazada de contenido y zafiedad disfrazada de entretenimiento. Los anunciantes —La verdadera mano invisible que mueve los hilos— pagan fortunas por sus datos. Total, si son tan estúpidos de pasarse la vida viendo memes son capaces de comprar cualquier porquería sobrevalorada e innecesaria.


Google, o alguna compañía de ese estilo, tomará las principales decisiones sobre la salud, sobre los niños o sobre nosotros. Lo mismo puede pasar en otros campos de la vida, incluso la vida romántica. Si un algoritmo te monitoriza todo el tiempo, te conoce mejor que tú.

Yuval Noah Harari.


A mayor cantidad de seguidores, mayor felicidad. El like es el premio que recibe el chimpancé digital por hacer sus gracias. Los nuevos famosos son palurdos anodinos cuyo único atributo es que son refractarios a la vergüenza. No sienten pena. Fácilmente cualquiera de ellos podría engañar a su madre para que comiera mierda si eso se convierte en media docena de likes. El nuevo suscriptor le produce un subidón de dopamina a los yonkis de la ciberletrina quienes al final del día y tras decenas de interacciones insignificantes se encuentran tan solos como sus pares.

Las redes sociales funcionan incentivando la divulgación de noticias falsas y de opiniones extremas porque es lo que más capta la atención de los usuarios y, así, en la mayoría de democracias acabamos de empezar el proceso de polarización política.

Niall Ferguson.


El idiota digital es capaz de creer cualquier disparate incluso si la sandez es lo suficientemente torpe y burda para que un perro mueco la babosee pero no la trague. Si algo caracteriza a esta fauna ecléctica es precisamente su falta de discernimiento. ¿Qué es real? Real es aquello que tiene muchos likes o ha sido compartido muchas veces. ¿Cómo podrían tantas personas estar equivocadas? En su instinto gregario, la manada de tontos se convierte en multiplicadores de bajezas que allende las pantallas destruyen vidas reales. Cómplices candorosos de daños morales que casi nunca son reparados. En eso nos convertimos con las redes sociales. Y así nos irá.

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