Ayer conocí el infierno

Confieso que el título de la entrada es engañoso. Yo siempre he conocido el infierno pues nací y crecí en Colombia. Lo que pasó ayer fue que bajé a una de sus recámaras más oscuras, apestosas y polvorientas. Un lugar tan aterrador que me hizo reflexionar acerca de la importancia de portarme bien para mantenerme alejado de esos lugares espeluznantes.

El infierno es lo público.

Si bien lo privado no es propiamente el Edén, el infierno sí es lo público. No hay lugar más aterrador sobre la tierra que una oficina del Estado colombiano. Son lugares donde el tiempo se detiene y el individuo sufre tormentos inenarrables a manos de unas criaturas voraces y malignas llamadas funcionarios.

Los funcionarios son demonios de orden inferior, muy inferior, casi desechables, dirigidos desde las sombras por demonios de mayor jerarquía llamados burócratas. A su vez, los burócratas son entes infernales de rango medio regidos por quienes realmente mueven a su antojo los hilos del infierno: los políticos. Los ciudadanos del común tenemos acceso a los dos primeros, nunca a los terceros.

Mi descenso al infierno.

Mi descenso al infierno comienza en una entidad llamada IGAC cuya función, según ellos, es «ordenar el territorio». O sea saber todo sobre su haber para poder exprimirle al ciudadano hasta la última moneda sin margen de error. Allí tuve que ir a hacer una diligencia que, como era de esperarse, en pleno 2026 no se puede hacer online.

El infierno
En sus bordes renegridos se aprecian colonias de bacterias capaces de matar civilizaciones enteras.

Lo primero a resaltar es que el turno lo entrega el mismo vigilante. No hay una máquina que asigne los turnos por orden de llegada y de acuerdo a la dependencia a visitar. Es solo un cartón plastificado que ha pasado de mano en mano miles de veces acumulando con el tiempo los gérmenes de un pueblo para el cual la higiene nunca ha sido una prioridad.

Tampoco hay una pantalla que indique en cuál turno van así que cada funcionario grita, a todo pulmón, el turno que va a atender: «¡Catorce!»

Vaya, qué rápido, pensé y me acerqué a la ventanilla. Pero era demasiado bello para ser verdad y lo tuve que entender con una amonestación de Su Majestad el funcionario: «señor, su turno es el catorce pero verde, yo soy la ventanilla azul. Siéntese y espere a que mi compañera lo llame».

Con el rabo entre las patas regresé al galpón pero mi desvencijada silla ya había sido ocupada por otro ciudadano, otra víctima. Busqué al vigilante-recibidor para preguntarle cuál era entonces mi ventanilla si estas no estaban marcadas con números y, mucho menos, con colores. La conversación resultante fue así:

—Buendía, por favor indíqueme cuál es la ventanilla verde.
—En su turno dice que es la 4. ¿No ve?
—Sí veo aunque poquito. Pero es que las ventanillas no están numeradas.
—Pues cuéntelas, mire: uno, dos, tres, cuatro…
—Pero la segunda, la tercera, la cuarta y la sexta están vacías.
—Ah, sí, es que esas funcionarias están en licencia de maternidad porque parieron cachorritos de funcionario. Pero cuente solo las ocupadas, mire: uno, dos, tres, cuatro…

Me despedí de Mi Coronel no sin antes darme cuenta de que el pobre diablo infatuado portaba un revólver nacional, viejo, oxidado y mohoso de marca Llama Indumil calibre .38. Si este pobre infeliz supiera que yo porto una semiautomática Sig Sauer P320 no me hablaría así, pensé.

Regresé al corral de ciudadanos y conté las ventanillas ocupadas por un funcionario sin reparar en las vacías: uno, dos, tres y cuatro. Listo, ya sabía cuál súcubo me iba a maltratar atender: la gorda hijueputa de bigote incipiente con cara de no haber sido tocada en décadas ni siquiera por un ginecólogo con la licencia médica suspendida.

La espera en el infierno.

Ahora estaba de pie en el infierno. Esperando con un centenar de condenados en una sala sin aire acondicionado. ¡Siete! Gritó la hijueputa gorda bigotuda. Bien, estoy a mitad de camino, pensé. Quizás no tardaría mucho mi tormento. Pero Lucifer tenía otros planes para mí pues con cada víctima los funcionarios tardaban hasta 45 interminables minutos.

Carpetas polvorientas que esparcían alergenos y ácaros por toda la sala, demoras en el sistema (apuesto que usan Mierdasoft Windows), ruidosas impresoras de punto, olor a viejo, murmullos, estornudos, calor húmedo. Estando allí pude sentir en todo mi cuerpo y en mi alma, si es que tal cosa existe, el aplastante peso del subdesarrollo y el doloroso abrazo de la inopia.

Una hora en el infierno. Dos. Tres. Cinco. Y cuando ya me sentía desfallecer mi oído, casi apagado, captó una vibración proveniente del gaznate de la gorda: ¡Catorce! Mi pobre hígado hizo uso de sus últimas reservas de glucógeno para darme energía y de un salto llegué a la ventanilla de la res con solo dos tetas. Lo que sigue a continuación tiene todo para estar en la Enciclopedia de la Burocracia:

—Buendía, vengo por un certificado catastral.
—¿Catastral solo, catastral nacional o catastral especial?
—¿Cuál es la diferencia?
—El catastral solo dice que el predio existe, el catastral nacional dice que existe y en dónde existe y el catastral especial dice que existe, en dónde existe y los linderos. Rápido que me falta por torturar a 171 desgraciados como usted y me duelen las almorranas.
—Déme un catastral nacional.
—¿Trajo la carta?
—¿Cuál carta?
—Tiene que traer una carta.
—Pero señora, si vine personalmente, ¿para qué necesito una carta?
—Tiene que traer una carta.
—Regáleme un papel y la hago aquí mismo.
—No le puedo dar papel porque eso sería darle un bien del Estado y me procesan por peculado en favor de terceros. La Yidisbleidy de la ventanilla seis está en la cárcel por eso y estando allá le parió un hijo a un guardia que está casado con una fiscal.

Qué honestos son los funcionarios, pensé… En ese momento una señora, una compañera de infortunio que esperaba su turno para ser torturada se compadeció de mí y me regaló una hojita para que escribiera la carta. Escribí unos garabatos rápidamente y le pasé el papel a la bigotuda. La vaca lo revisó con desdén, como pudo se paró de su sufrido asiento y se fue para el archivo, supongo.

Cinco minutos, diez, quince y ni rastros de la gorda. Mientras esperaba pensé que si le diéramos al pasillo una inclinación de 5° la funcionaria podría ir al archivo rodando y ahorraríamos tiempo en los trámites pero de inmediato me asaltó una duda: ¿y después quién la sube? No, ni pensarlo. Habría que subir el IVA al 26% para contratar media docena de powerlifters que trastearan a la dotora cada vez que tenga que regresar de las catacumbas del archivo.

Al cabo de treinta minutos apareció la dotora con un papel en la mano y con gotitas de sudor en el bozo. Si así tiene de sudado el bozo, que recibe aire, ¿cómo tendrá el culo? Pensé, pero la imagen me resultó tan perturbadora que de inmediato la bloqueé pensando en algo bonito: en unos cuervos sacándole los ojos al presidente mientras el gusano asqueroso trataba en vano de espantarlos con la espada de Bolívar.

—Aqui tiene su certificado. ¡Quince!

De vuelta a la superficie.

Salí con mi patético papelito del pozo infernal en que me encontraba sintiéndome un ganador. Un sobreviviente. Tomé un taxi pues nunca llevo mi auto al centro porque le roban los espejos y me dirigí a la notaría a entregar la evidencia de mi epopeya burocrática.

El taxi era un cacharro viejo hediondo a sobacos. Como todos. Odio los taxis del mundo entero. En Nueva York todos son conducidos por un Mohamed y en América Letrina por un Yonaiker. El conductor de este taxi parecía una persona decente pero igual nunca me confío por aquello del paseo millonario. Siempre llevo la mano cerca de la pretina, la pistola desasegurada y un cartucho en la recámara.

Embotellamientos, calor, vallenatos a todo volumen, semáforos dañados, motos por trillones y un taxista que no paraba de hablar:

—Vecino, ¿vio el gol de Viáfara?
—No señor, no lo vi…
—¿No ve fútbol?
—No señor, soy ciego.
—¿Y no escucha los partidos en radio?
—No señor, soy sordomudo.
—¡Pero si estamos hablando!
—[Silencio de mi parte]

Llegamos a la notaría, otra franquicia del Tártaro. Pagué lo que el buen hombre me cobró por sus servicios aún sabiendo que todos ellos adulteran el taxímetro para cobrar de mas. O sea para robar a los usuarios. Me bajé del auto pestilente a axilas e ingresé al báratro. Y por supuesto me esperaba una larga fila en otro recinto cerrado sin aire acondicionado.

Cuando por fin llegó mi turno me paré frente a la ventanilla notarial. Estaba más sudado que el culo gordo de la gorda pero también estaba feliz. Faltaba muy poco para que terminara mi martirio. A partir de ahora sería un hombre libre de pecados. Aunque estaba agonizante, imaginaba un futuro idílico en el cual no interactuaba con funcionarios públicos ni con burócratas. El optimismo se apoderó de mí.

Llegó mi turno. Henchido de paz y de gozo le entregué el papelito a la dotora notarial. Ella, visiblemente enojada con la vida, ojeó el documento, hizo una mueca de disgusto y sin siquiera mirarme a los ojos me lo devolvió diciendo con brusquedad:

—Este no le sirve. Vusté trajo el catastral nacional y yo necesito el catastral solo. Vaya búsquelo y vuelve. ¡Siguiente!

Temas: Libertario, Personal
J. Inversor

Escrito por:J. Inversor Otros posts del autor

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