Ayer mientras hacía unas compras en el supermercado pasé por el estante de libros y me detuve un momento a ver si había algo interesante. Salí asqueado de ese pasillo al ver que los libros en venta eran en su mayoría de autoayuda. No vomité frente al estercolero de libros-basura por pura consideración con la señora del aseo.
Cuando alguien te regala un libro de autoayuda no te está dando un presente, te está insultando. Lo que esa persona te está diciendo es: «mirá, te traje esto porque sé que eres un imbécil infantil y no tienes la capacidad intelectual para leer nada serio». El agasajado confirma que, en efecto, es un cretino de marca mayor cuando agradece a su benefactor por regalarle esa porquería.
Los libros de autoayuda dicen cosas bonitas a personas que no pueden manejar la verdad. La verdad es fea, es prosaica y cruel pero es la verdad. Quienes no pueden con esa certeza prefieren creer que el universo conspirará a su favor, que basta desear algo con fuerza para que se cumpla y que un ser superior y magnánimo, el Dios de la leucemia infantil, está allí para protegerlos las 24 horas del día.
La autoayuda no es literatura. De ninguna manera. Literatura es Borges, Dostoyevski, Rabelais y Molière, entre muchos otros. La autoayuda es mierda impresa, infantilismo encuadernado, la celulosa de los árboles desperdiciada en embelecos que no soportan una revisión (ni siquiera una revisión somera). Pero también es rentable y por eso existe y crece.
Y es rentable porque en el mundo hay demasiados estúpidos. Son mayoría. Con un mercado objetivo tan grande sería imposible que no existiera la industria del timo. Si una editorial de autoayuda cotizara en bolsa con toda seguridad yo compraría sus acciones y las mantendría de por vida como hace W. Buffett con sus títulos de Coca Cola. Nunca vendería, solo acumularía y me pensionaría con sus dividendos.
La autoayuda existe para que el adulto infantilizado halle consuelo en fantasías. Así como el niño crea amiguitos imaginarios en su mente, y el feligrés atribulado se arrodilla a hablar con el aire, el adulto en obra negra se convence a sí mismo de que todo es cuestión de actitud, que si se lo propone puede ser lo que quiera y que su cerebrito baldío es tan capaz como el de Newton.
La autoayuda tiene éxito porque en un mundo de mediocres, perezosos e incapaces pretende explicar asuntos complejos con simplificaciones pueriles y después, para hacer el daño completo, pretende resolver esos mismos asuntos con soluciones igualmente anodinas. El adicto angustiado no tocará un libro de neurociencia ni con guantes. ¿Para qué si en el supermercado venden el best seller «Barney y sus amiguitos dejan el crack»?
«Los 7 pasos de…», «Los secretos de…», «Las 18 leyes de…», no, por favor, maduren ya, pendejos hijueputas, no hay pasos, ni secretos, ni leyes. Lo único que tienen que hacer es tomarse en serio a ustedes mismos y lo que desean. Dejen de desperdiciar sus vidas buscando inspiración cuando lo que necesitan es disciplina.
¿Quiere mejorar su condición corporal? Entonces saque ese puto culo gordo del sofá, tire los Doritos a la basura y muévase. Deje de leer mierdas del tipo «Meditaciones zen para quemar la manteca de la papada» y muévase, barrigón inútil. ¿Quiere mejorar su situación financiera? Entonces trabaje, ahorre e invierta. ¿No sabe invertir? ¡Pues aprenda! Aprenda los fundamentos de los mercados financieros, conozca los ciclos, el análisis fundamental y comience con poco pero comience. Su situación económica no va a mejorar porque lea «Los 18 hábitos de los millonarios», la del escritor de esa mierda, en cambio, sí.
Leer autoayuda para resolver un problema es como tomar lejía para calmar la sed. La autoayuda no explica nada y como no explica nada no puede resolver nada. Es como darle una Aspirina a alguien que recibió un tiro en la cabeza. Todos sabemos que lo que necesita una persona que recibe un disparo en la testa es que nos unamos en oración… ¿No?
Cada día me sorprende más lo lejos que ha llegado esta especie tan corta de inteligencia. Y lo dejo ahí porque ya me puse de mal humor.
