Me cansé de las series baratas hechas en Moldavia, Bielorrusia, Albania, Azerbaiyán y demás países de Europa del este que ni siquiera quiero visitar. Me cansé de que en una serie policial, de repente, de la nada y sin ninguna relación con el tema central, aparezca una pareja de maricas hurgándose los entresijos. Me cansé de pagar por un servicio que se convirtió en la caja de resonancia de la tontería Woke y, por eso, hoy digo: adios Netflix, hasta nunca.
Poner a un negro en el papel que en la historia real fue ocupado por un blanco no es inclusión, es mentir, es engañar y torcer la historia. El color del cuero de los humanos me tiene sin cuidado pero no veré una serie en la que el papel de Napoleón Bonaparte lo interpreta un actor negro o un actor coreano de la misma forma que no vería una serie sobre Simón Bolívar donde el actor que interpreta al libertador fuera Jason Momoa.
Pero no todas las historias las tuercen. Esas «licencias creativas» se las permiten únicamente cuando el protagonista histórico fue un blanco. Por ningún motivo se les ocurriría hacer una serie sobre Martin Luther King poniendo a un rubio de ojos azules a interpretar su vida. Ni pensarlo.
Si algo así se les ocurriera, las minorías pacíficas que dictan las narrativas hegemónicas quemarían el mundo con todos nosotros adentro. Poner negros en los lugares que históricamente ocuparon los blancos es inclusivo y reivindicador. El caso contrario, poner blancos a interpretar las vidas de los negros es excluyente, racista y discriminador. Yo ya estoy hasta la coronilla de la mierda Woke.

El sexo gay es otro tema que Netflix ha querido embutir en sus series a como dé lugar. Me importa un carajo las preferencias sexuales de los demás y me es indiferente cómo otros usen sus cuerpos pero no veo qué le aporta a una serie histórica una escena sexual que, en primer lugar, nadie sabe si ocurrió y, en segundo, no influye/ó en el devenir de los acontecimientos. Es como si en sus manuales internos una cláusula que presta mérito ejecutivo les obligara a incluir un mínimo de minutos gay en cada producción para congraciarse con los globalistas de la agenda.
Un ejemplo de ello lo vimos en una serie sobre Pablo Escobar en la cual su sicario más feroz, Mario Alberto Castaño Molina «El Chopo», fue entregado (según los libretistas) por un amante masculino después de una faena erótica. Eso sencillamente nunca ocurrió. A «Chopo» lo entregaron, previa tortura, dos de sus subalternos, «Juan Caca» y «Volador», y eso fue todo. ¿Por qué lo hacen entonces? ¿Para congraciarse con unas minorías e incluirlas a la fuerza en una historia en la cual no tuvieron ninguna participación? Eso no tiene sentido.
Si Netflix hiciera una serie sobre el Apollo 11 no deberíamos sorprendernos si en una escena vemos a Neil Armstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin en medio de una orgía gay mientras abandonan la atmósfera terrestre. Quizás para complacer a los globalistas Armstrong sería interpretado por una mujer iraní con labio leporino, Collins sería un furro que se autopercibe como un burro y Aldrin sería un transexual negro musulmán vegano que va al trabajo en bicicleta. ¿Por qué no si lo importante no es contar una historia sino complacerlos a todos?
No pido censura. La compañía Woke puede hacer lo que quiera con su plata pero yo no estoy obligado a seguir consumiendo esa mierda embrutecedora y por eso hoy digo: adiós Netflix. Sé que no nos vamos a extrañar.
