Todos vamos a morir

En lo corrido del año han muerto tres personas que conozco. Tres mujeres ± de mi edad y las tres por la misma causa: cáncer. Sé que todos vamos a morir pero cuando sentimos la muerte tan cerca es inevitable pensar: ¿quién sigue? ¿Seré yo? Y si seré yo: ¿cómo moriré?

Como no tengo ningún tipo de creencias irracionales sé, con absoluta certeza, que después de esto no hay nada. Dioses, reencarnaciones, más allá… Puro ego. Nos creemos tan importantes que no podemos concebir un mundo sin nosotros y por eso inventamos que nuestra existencia nunca termina. Pero termina y no hay más.

Termina para el perro y para el gato; termina para el árbol y el crustáceo y también para nosotros. Nuestra cobardía gallinácea nos llevó a inventarnos dioses que nos protegen en la tierra y mundos idílicos que nos esperan cuando todo esto termine pero no hay tal. Dios es solo el resultado infantil de nuestro miedo al desamparo y el más allá no es otra cosa que nuestro ego autoengañándose para no admitir que no somos más que unas células comunes y corrientes con fecha de expiración.


Todos vamos a morir
En lo corrido del año van 3. ¿Quién sigue?

Lo que quiero para mi muerte.

Cuando llegue mi turno no dejen acercar curas, ni pastores ni ninguna clase de charlatanes. Que de mi herencia no vean un céntimo esos asquerosos. Si les gusta la plata que se pongan a trabajar en algo útil: en construcción, en plomería desatascando inodoros o conduciendo un Uber. Si ven a un cura merodeando por mi sala suelten los Dóberman con los que perseguíamos a los enanos que compramos en Venezuela en nuestros años más felices.

Quiero que mi caja sea de cartón. Nada de maderas finas. De cartón como la cajita en la cual llegó la gatica que adoptamos en pandemia y que algún hijo de dios tiró al basurero en una bolsa cerrada para que muriera asfixiada*. Esa misma gata que hoy vive como una reina con varias camas, muchos juguetes y que cuando viajo se queda en los mejores hoteles para felinos.

*[Y tú maldito hijo de puta miserable que tiró a un ser vivo indefenso a un basurero para que muriera, ¿cómo estás viviendo?]

Hagan las invitaciones en Canva. Aclaren que la asistencia es en traje formal y habrá lluvia de sobres. No queremos tacaños ni desparpajados en mi despedida. Contraten meseros de frac que repartan café de origen —no esa aguamierda chirle y barata que dan en las funerarias— whisky +18 sin hielo y cocaína escama de pescado para los pocos amigos que aún consumen esa porquería.

Las flores estarán prohibidas. Ramo que llegue, ramo que se devuelve. Las flores solo sirven para inflar el ego de quien las da. Si quieren hacer una ofrenda que la hagan (de forma anónima*) a las fundaciones que rescatan a los animalitos que los hechos a imagen y semejanza de dios abandonan y maltratan. Flores para los muertos, vaya güevonada tan ridícula.

*Sé que si la orden es que la ofrenda sea anónima pocos la harán pues lo importante no es ayudar sino ser vistos ayudando. 

Si en mis honras fúnebres ven a alguna vieja pedorra con un rosario, una estampita o cualquier otro fetiche religioso me la sacan de ahí ipso facto. Si se resiste a salir ahí estarán mis dóberman sin bozal. Esos seres maravillosos sabrán proceder conforme les enseñé en vida. Qué perritos tan hermosos, los voy a extrañar en el más allá.

Mi velatorio no puede durar más de 6 horas. No podemos acaparar la sala en una ciudad en la que matan tanta gente. Ponen un cronómetro encima de mi cajita de cartón y lo cumplen. Una vez el cronómetro quede en ceros, me llevan en una camioneta de acarreos para el horno o para el cementerio, según si morí de forma natural o de forma violenta.

Si mi muerte fue por causas naturales, cosa poco probable en un matadero infernal como Colombia, me creman. Si por el contrario fue violenta, me entierran en el cementerio como manda la ley de los burócratas. Ya saben que hace años compré un lote doble en el mejor vecindario del cementerio. Me salió muy barato, lo que se dice una ganga.

Cuando mi cuerpo y mi cajita estén entrando al horno, o al hueco, quiero que pongan música. Ese momento solemne debe ser ambientado con Dead Skin Mask de Slayer (en su versión de estudio). Mientras suena, se van a quedar paraditos en posición de firmes y con una mano en el pecho como quien escucha un himno. Cuando el niño de la canción diga «Please let me go!» deberán encenderse las hornillas o caer las primeras paladas de tierra, según sea el caso.



Si mis restos fueron cremados los esparcen por ahí en algún potrero baldío donde mis minerales se mezclen con la tierra. Al final eso somos: un poquito de magnesio, un poquito de calcio, un poquito de fósforo y mucha mierda. Solo somos abono. Si quieren, me pueden sembrar un arbolito al lado pero tiene que ser un árbol de frutas que puedan comer las aves. No de esas frutas cítricas que solo comen los humanos. A los humanos que los provea dios que los ama tanto…

Si algún día les da por volver al sitio donde terminó mi tabla periódica cuerpo, cosa que de verdad espero no ocurra pues me decepcionaría mucho, también quiero que lleven música pero esta vez quiero que suene Call From The Grave de Aghast para que la hermosísima, y también difunta, Andrea nos acompañe con su alegría.



Queda muy claro lo que deseo para cuando me ocurra lo inevitable. Esa es mi última voluntad, es explícita y no queda lugar a equívocos. Por eso, y como diría cualquier malparido burócrata de esos que vivieron toda su puerca vida de mi trabajo: ¡Ordénese y cúmplase!

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J. Inversor

Escrito por:J. Inversor Otros posts del autor

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