La primavera es la mejor época del año y la primavera en NYC es la más linda del mundo. Cuando lo yermo se torna verde y contrasta con la arquitectura antigua de la ciudad se crea una atmósfera tan acogedora que uno quisiera nunca terminara. Pero, por supuesto, termina.

Mientras veo a estas personas jugando, leyendo, comiendo o simplemente pasando el tiempo en paz no puedo dejar de pensar en las ciudades y pueblos de mi América Letrina con sus calles y sus parques tan sucios, tan desordenados, tan inseguros, tan sórdidos, tan abandonados, tan saqueados por los burócratas.
Hacer lo que hacen las personas de la foto en un parque de Caracas, Bogotá o Guayaquil es suicidio. No bien usted se siente a leer en su Kindle y llegan Yonaiker con su socio Brayan en la moto de 125 cc envenenada con fuel oil y le aplican la Justicia Social que no es otra cosa que el derecho que tiene todo tercermundista de robar y matar a su prójimo sin sufrir consecuencias. Digo, sin sufrir consecuencias el bandido pues el robado y asesinado sí que las sufre.
Le quitan el Kindle, así no sepan leer, le quitan los zapatos, los aretes, la camisa, el poco dinerito que lleve encima y las llaves de su casa para venderlas como reciclaje. En la huida atropellan a una ardilla y, cruzando la zona verde, destruyendo todo a su paso, se van derechito para donde el reducidor que les cambia el botín por unas papeletas de pasta básica de cocaína (basuco).

Me voy un poco triste y tomo un carruaje pero de motor porque no me gusta que los animales trabajen. Los animalitos no vinieron al mundo a servirnos. Eso lo aprendí de mi viejo amigo Schopenhauer. Todo a mi alrededor está verde, todo está limpio y huele bien. En las zonas verdes no hay empaques de poliestireno untados de pollo sudado ni viejas en chancletas poniendo los perros a cagar sobre el césped. Qué linda es la primavera en NYC.

Ahora se me antoja caminar y llego a una pequeña placita donde la municipalidad ha dispuesto sillas y mesas de hierro forjado para el disfrute de la ciudadanía. Aquí me es inevitable volver a pensar en mi desafortunado origen. ¿Cuánto duraría este mobiliario en Bogotá? ¿Seis minutos? ¿Once? Con suerte nueve. No bien descarguen las sillas y mesas sobre los adoquines llegan Yonaiker y su combo y a lomo de ñero se llevan sillas, mesas, barandas y rejas para el reciclaje no sin antes tirar una botella de Coca Cola por fuera de la caneca de basura.
Me siento un rato a disfrutar el paisaje. Quisiera leer un poco pero ya no puedo concentrarme. Solo quisiera tener en mi mesa el botón rojo que libre al mundo de nuestra raza maldita. Miro al cielo azul, despejado, limpio y pregunto: «Dios, ¿por qué nos hiciste tan defectuosos?»

Ahora quiero caminar pero no por el parque. Quiero caminar por la ciudad y mezclarme con la gente sin ser nadie, tal y como me gusta: nadie. Sin estarlo buscando llego al majestuoso Empire State Building. 102 pisos construidos hace casi 100 años. Pienso en esas personas admirables que hace un siglo construyeron este coloso y me pregunto qué podrían hacer con la tecnología actual.
Pero como no hay dicha completa mi mente vuelve a escindirse. Esta vez me desplazo 3.200 kilómetros en línea recta y aparezco en Tegucigalpa, a donde una vez fui por trabajo. Qué fea es Honduras, qué sucia, qué lúgubre e insegura es. ¿Cómo puede alguien quedarse a vivir aquí? Entiendo que nazcan en este chiquero pero, ¿por qué quedarse? Cierro los ojos e intento dejar de pensar en Tegucigalpa pero entonces algo peor ocurre:

Mientras intentaba sacar de mi mente la imagen del río Choluteca arrastrando el cadáver de un perro apuñalado vino a mi memoria una escena peor: el presidente de Colombia muy orondo y orgulloso repartiendo bicicletas con pimpinas plásticas para que la gente cargue el agua porque la plata del acueducto ya se la han robado 19 veces. Me llené de ira, imaginé que asía al demagogo por los implantes capilares que el zurdito vanidoso se hizo poner y le restregaba el hocico contra la fachada del Empire State mientras le imprecaba:
«Mira, guerrillero hijueputa, este edificio lo construyeron hace un siglo y desde entonces no ha dejado de subir el agua 100 pisos. ¡100 pisos malparido! Y tú estás en el siglo XXI entregando bicicletas con pimpinas para que la gente cargue agua como si fueran cavernícolas. ¿No te da vergüenza, hijueputa? ¡Qué vergüenza te va a dar! Si no te daba vergüenza robar, secuestrar y extorsionar mucho menos te va a avergonzar salir con esas porquerías y además mostrarlas como si estuvieras resolviendo algo. Miserable. Chichipato. Pecueco. Cacorro».
Al diablo con Petro, con Colombia y con las putas bicicletas con pimpinas. No me voy a amargar la primavera en NYC pensando en esas mierdas insignificantes del trópico palúdico. Esa gente de mi país merece a Petro. Camino hacia el sur en busca del Distrito Financiero pues quiero comer un helado y hablar un rato con la niña de Wall St.

Pero estando frente a NYSE se soltó una llovizna fría que me impidió seguir conversando con mi amiguita sin miedo. Qué interesante es charlar con ella, mejor que con la gente de carne y hueso. Camino un poco más hacia el sur y llego a Battery Park en el lower. Allí me quedo en silencio viendo el monumento a los refugiados. Qué hermosa composición y qué significativa es.
A este país lo hicieron poderoso los migrantes pero ellos vinieron a trabajar, a construir, a crear, a aportar. Tan diferente a lo que ocurre ahora que invaden los países para parasitarlos y poblarlos con sus cachorros feos y sucios. No podemos comparar la migración de irlandeses a América con la migración de musulmanes a Europa. Los primeros construyeron rascacielos en Manhattan, los segundos se cagan a plena luz del día en las ramblas de Barcelona.
Pero estando aquí mi mente me volvió a jugar una mala pasada. Una vez más mi cuerpo estaba en el lower pero mi mente estaba en Colombia. Exactamente en Cali, otra ciudad de atracadores eufemísticamente llamada: La sucursal del cielo. Pobres almas piadosas si así es el paraíso. Por eso es que yo le rezo al otro…

Mi mente dispersa me llevó a un adefesio construido durante la toma guerrillera del 2021 y que hoy se conoce como «Puerto rellena». Un mamarracho horrible. Un adefesio. Cualquier ciudad decente ya habría demolido ese esperpento y habría metido presos a sus creadores. Pero como la decencia no fue invitada a esas tierras ese espantajo ridículo es hoy un monumento.
Cuando vuelva a Cali me voy a reunir con el alcalde y le voy a sugerir que le cambiemos el nombre a ese disparate. Le voy a proponer que se llame: «Villa pus», «Puerto intestinos», «Ciudad forúnculo» o «Brisas de putrescina». Cualquiera de esos nombres define mejor ese sinsentido aunque «Puerto rellena» está bien pues las rellenas son un alimento que se prepara con tripas y sangre y de destripar y apuñalar si que saben los creadores de tamaño prodigio.

Por fortuna pude dejar de pensar en Cali y en «Villa pus» y me concentré de nuevo en el aquí y en el ahora: en la primavera en NYC. Pero ya no quiero hacer nada. Solo voy a caminar hasta mi sitio pues quiero tomar una ducha, leer un poco, comer algo y quizás ver la tele. A esta hora comienza a hacer un poco de frío y el cielo se está tapando. ¿Será que hoy sí caerá la lluvia verdadera de Travis? Ojalá, pensé.
Mientras caminaba por esta peatonal nadie me atropelló, nadie me empujó, nadie me atracó, nadie me vio. Yo tampoco atropellé a nadie, no empujé a nadie, no atraqué a nadie y no vi a nadie. La indiferencia es respeto. Los vehículos iban por el asfalto y los peatones íbamos por el sendero. ¿Es tan difícil de entender? ¿Por qué en nuestros países no se entiende algo tan básico?
Durante todo el recorrido hasta mi sitio pude dejar de pensar en esos paisuchos menesterosos que por desgracia nos cupieron en suerte y disfruté el trasiego. En un momento pensé que sería lindo terminar mis días en una de estas calles y que mis restos fueran a parar a una tumba sin nombre. Incluso sin lápida, ¿para qué tanta pompa si todo, incluso la primavera, va a terminar?
