La raza maldita

Estoy seguro de que los latinos somos la raza maldita. Aquella raza que nunca debió ser y cuya presencia sobre la tierra nos obliga a dudar de la existencia de un poder superior. ¿Cómo creer que existe un ser todopoderoso, omnisciente e infalible que al mismo tiempo crea una aberración como los latinos? Son existencias excluyentes como la luz y la oscuridad: si existe el uno no puede existir el otro.


La costra nostra.

Yo, por desgracia, también soy latino. Solo que hace años logré quitarme la costra que a los desdichados de la raza maldita nos va saliendo a medida que crecemos. Esa costra que termina por anular el juicio y convertirnos en orcos repulsivos esta compuesta por una mezcla de ideología, cultura, provincianismo, chovinismo, costumbrismo, estupidez y no poca mezquindad.

La costra nos hace pensar al revés y nos lleva a adoptar como benéfico todo aquello que nos perjudica. Es por la costra que la raza maldita odia a los emprendedores y ama a los políticos. Es por la costra que los jóvenes van a las universidades a escuchar sandeces inaportantes. Majaderías y despropósitos que se consideran proscritas en las naciones donde no hay humanistas que detonen burritos cargados con explosivos al paso de un camión policial.

Y es que la raza maldita se quedó en el pasado. La raza maldita aún no se entera del fin de la Guerra Fría. Para la raza maldita la lucha de clases está más vigente que nunca y no entiende que hoy en día solo hay dos clases sociales antagónicas: los políticos que viven como reyes y los ciudadanos que los mantenemos. No podemos ser amigos de los políticos así como las gacelas no pueden ser amigas de los leones.


Afinidad por el crimen.

Si algo caracteriza a la raza maldita es su inveterada afinidad por el crimen y por los criminales. En todas partes del mundo se cometen crímenes pero solo la raza maldita cree que los criminales deben ser premiados y promovidos, no castigados. En Estados Unidos, por citar tan solo un ejemplo, existen bandas de secuestradores, extorsionistas y asesinos que se formaron incluso antes que las FARC, el ELN y el M-19. Solo que allá no terminaron dirigiendo el país.

En el país del norte están los Crips, los Bloods, la Mexican Mafia, el Barrio 18, los Latin Kings, la Mara Salvatrucha y la Aryan Brotherhood, entre muchas otras. Todas son bandas dedicadas a lo mismo que las guerrillas letrinoamericanas: traficar, extorsionar, secuestrar y matar pero hay una sutil diferencia: en los Estados Unidos no reciben curules, reciben cadenas perpetuas e inyecciones letales.

Si usted encuentra diferencias entre un secuestrador de la Mexican Mafia (1957), uno de los Crips (1969) y uno del ELN (1964) es porque usted ha sido contaminado con el terrible germen de esa asquerosa perversión que la raza maldita eufemísticamente llama educación. Solo alguien que haya sido embrutecido por la doctrina de los parásitos fecodianos puede hallar diferencias en delitos que son idénticos.

Pero contrario a lo que podría pensar una persona que no haya sido amamantada con disolventes, la raza maldita sí encuentra diferencias entre secuestros y secuestradores. Y la diferencia la encuentran en el discurso. Ambas víctimas se encuentran amarradas, con los ojos vendados, con su higiene descuidada, con mucho miedo, quizás con hambre, sus familias sufren y si no pagan a tiempo los matan pero una banda de secuestradores usa las palabras: imperialismo, pueblo, desigualdad y, como no, justicia social. Esa verborrea insulsa legitima cualquier atropello. ¿Por qué no matar a un padre de familia si es en nombre del pueblo?

La raza maldita
Esto decía de la extorsión Luís Otero. Jefe del actual presidente de Colombia.

En Colombia tenemos un ejemplo vívido de ello. Existió una pandilla de secuestradores, extorsionistas y asesinos (el M-19) que secuestraron, extorsionaron y asesinaron, según ellos, por amor a los pobres. Esas lacras no pagaron un solo día de cárcel por sus crímenes. Todo lo contrario: la sociedad colombiana, raza maldita por antonomasia, los recibió con los brazos abiertos, los premió con cargos públicos, sueldos del primer mundo y esquemas de seguridad para que sus víctimas no pudieran devolverles las atenciones recibidas.

Al día de hoy los niños húerfanos que dejaron esas alimañas, hoy ya personas adultas, tienen que vivir la humillación de ver cómo la raza maldita en cada manifestación ondea la bandera de quienes años atrás asesinaron a sus seres queridos.

La raza maldita no se escandaliza por ver a un secuestrador escribiendo las leyes. Todo lo contrario: piden a gritos que sean los crápulas quienes los gobiernen. En este inmenso estercolero llamado América Letrina los banqueros, los industriales, los empresarios y los hombres libres son execrados mientras que los delincuentes, de corbata o de boina, atracadores con pistolas o con decretos, son ejemplos a seguir. Es lo que hay en un continente cruzado por la educación pública doctrinal.


Mira, este gran hombre perteneció a una banda de secuestradores, extorsionistas y asesinos. No permitamos que pague un solo día de cárcel por sus crímenes. Mejor premiémoslo con una curul, una embajada o la presidencia. —La Raza Maldita. 


La exposición mortecina.

El Museo Nacional de Colombia, donde alguna vez se exhibieron obras de los más grandes artistas que ha dado la humanidad, ha sido convertido por la raza maldita en un altar donde se adora el corte de franela, la corbata colombiana, el burro-bomba, las minas quiebrapatas enriquecidas con materia fecal, los cilindros voladores que destruyeron centenares de pueblos y miles de vidas y un centenar de delitos más. Una exposición hecha por intelectuales y dirigida a los educados que se solazan en su vesania.


La raza maldita
Museo Nacional de Colombia. Altar de asesinos y megáfono de la tontería woke.

En la exhibición nos muestran a los carniceros con caritas sonrientes y poses reflexivas porque, según la raza maldita, la robolución es una fiesta y un ejercicio intelectual. Una fiesta donde degüellan y empalan a sus invitados y un ejercicio intelectual que arruina las naciones hasta dejar a los ciudadanos en la indigencia mientras la nueva casta de psicópatas nada en la opulencia y el vicio.

Pero a la raza maldita no le importa nada de eso. Una masacre, un carro-bomba, un soldado mutilado, todo es válido si con eso consiguen que el malvado empresario lo pierda todo. Mezquinos como son, lo que ellos quieren es que su vecino sufra, que no tenga nada. Si ellos tienen que sufrir lo mismo, o más, no importa. Con tal de ver al otro pasando trabajos se sacrificarán. Son humanistas, son el fruto de la educación.

Por supuesto los educados dirán que la exposición es histórica. Ellos son parte del sainete. Pero no, no es histórica. Es apologética. Si fuera histórica habría fotos de la iglesia donde las FARC quemaron vivas a 80 personas, entre ellas 48 niños (el sádico que los quemó hoy es congresista). Si fuera histórica habría fotos de los 84 cuerpos calcinados que dejó la masacre de Machuca, perpetrada por el ELN en 1998. Si fuera histórica no habría fotos del asesino Carlos Pizarro sonriendo sino fotos de sus reuniones programáticas con su hermano Hernando Pizarro y con José Fedor Rey, ejecutores de la masacre de Tacueyó.

Pero las fotos no muestran a las víctimas sino a sus verdugos porque son los verdugos quienes importan a la raza maldita. Además, ¿cuáles víctimas? Las víctimas las causaron los terratenientes, los paramilitares y el ejército. Lo que causaron los humanistas fueron unos pocos daños colaterales. Meros accidentes por los que nadie debe pagar. Algunas personas fueron secuestradas por accidente, murieron en cautiverio por accidente y también por accidente ellos siguieron cobrando los rescates por los cadáveres. Ni un solo comandante guerrillero está en la cárcel pagando sus asesinatos mientras un centenar de oficiales se encuentran a la sombrita pagando los suyos. El nombre que le dieron a esta monstruosidad es: paz.


La contrahechura moral. 

La raza maldita es contrahecha en lo físico, en lo intelectual y en lo moral. Dejando de lado la casi teratogénica fealdad de las mayorías latinas, su peor defecto es sin lugar a dudas la ignorancia, la resistencia a los hechos y la inversión de valores. Hablar con un latino educado es aterrador, es sumergirse en las cloacas inmundas de la inmoralidad.

Hay una historia del M-19 que se cuenta como algo positivo. Dicen que en los barrios del sur de Bogotá los milicianos robaban camiones cargados con alimentos y repartían la carga entre la población. La raza maldita considera que es un acto justo, una acción digna de alabanza. Recordemos que ellos son el fruto de la educación. Sin embargo, y dejando de lado que se trata de hacer caridad con el esfuerzo ajeno, una persona que no haya sido contaminada con las ideas hegemónicas de las aulas letrinoamericanas preguntaría: ¿y el conductor? ¿Y el dueño del camión? ¿Y el dueño de la carga? ¿Y la empresa que produce la mercancía? ¿Y el comerciante que esperaba la carga? ¿Y la aseguradora no le sube la prima en la próxima renovación? ¿Y los consumidores del barrio que compran esos productos y ahora no los encuentran en las tiendas?


La raza maldita.
Petristas saqueando un camión accidentado. O sea luchando por sus derechos. Si el conductor se resiste, lo matan.

Para los animalitos de la raza maldita lo malo es lo bueno. Está en sus genes. En el ADN de la raza maldita encontramos que además de las cuatro bases nitrogenadas que todos los humanos tenemos: adenina, timina, citosina y guanina, la fauna de estas tierras posee un elemento extra: la criminalina. Es por esta alteración genética que contestar una llamada en cualquier ciudad de América Letrina puede llevar a que un gestor de paz nos arranque el brazo.

Yo he pensado mucho en esa mutación molecular exclusiva de los latinos y me atrevo a lanzar una hipótesis: la criminalina es una alteración genética causada por escuchar cumbias. Al ser genética, no importa si el latino actual no escucha cumbias pues nace con ella. Si algún ancestro alguna vez escuchó cumbias el pobre alcornoque está condenado. Si usted piensa que los ricos causan la pobreza, no lo dude, algún ancestro de su árbol genealógico fue un avezado cumbiero.

Este compuesto, la criminalina, está latente hasta que el pobre infeliz entra a la escuela y un asqueroso sindicalista hediondo a cuncho de café y a cigarrillos baratos le enseña que deseos y derechos son palabras sinónimas. En ese momento la base nitrogenada mutante se activa y el gusano infecto comienza a creer que los cubanos son miserables por el bloqueo (que es un embargo) y no porque un tirano asesino les quitó sus medios de subsistencia.


Mi nombre es Kar y soy zurdito.

Yo también fui uno de ellos. Por causas que no voy a exponer en mi blog, yo también fui un triste especímen de la obtusa raza maldita. Crecí entre libros marxistas e historias de las roboluciones donde los buenos eran los atracadores, los secuestradores y los asesinos y los malos eran los banqueros, los industriales y los burgueses que usaban enjuague bucal.

Pero un día cayó en mis manos un libro de teoría económica y comencé a entender por qué los modelos distributivos siempre fracasaban. Seguí halando el hilo y con el tiempo logré quitarme la costra de estupidez que me enajenaba. Sigo siendo latino, eso no lo puedo cambiar, pero definitivamente no soy parte de la raza maldita.

 

Temas: Libertario, Personal
J. Inversor

Escrito por:J. Inversor Otros posts del autor

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