Ya está aquí el hantavirus, el nuevo embeleco de una humanidad novelera que se caga encima por 10 muerticos mientras las sobredosis, las guerras y la delincuencia les parecen meras anécdotas aisladas. Ya llegó la nueva distracción y con ella el viejo truco de culpar al más güevón. El embeleco anterior lo causó un murciélago, este en cambio, dicen, lo está causando un ratón.
Preciso uno de mis mejores amigos es un ratón colilargo de sudamérica, el reservorio natural del hantavirus. Se llama Ratón-Ratón y vive como un rey. Era la comida de una serpiente pitón pero lo rescaté y ahora vive conmigo. Nos llevamos muy bien. Los sábados comemos pizza y vemos películas de slashers. En la oficina me acompaña a trabajar y escuchamos música. Cuando suena Dead Skin Mask de Slayer se para en sus patitas traseras y hace un sonido dentolabial indicándome que le gusta. Tenemos mucho en común.
Por eso cuando vi la noticia del nuevo embeleco ipso facto lo llamé. Él dormía en Casaratón y yo lo desperté:
—Oye Ratón-Ratón, ¿viste lo que están diciendo?
—¿Qué? Hoy no he visto noticias, estaba durmiendo la borrachera.
—Que tú y los tuyos transmiten el nuevo embeleco: el hantavirus.
—Bah, pura mierda. Yo solo orino urea y leptospiras.
—Lo sé pero ya comenzaron a culpar al más güevón: tú.
—Me importa un orto. Por mí que mueran todos. Ponte el Kill’em all de 1983 y alcánzame una Stella Artois.
Razón tiene Ratón-Ratón. ¿De cuándo acá nos vamos a preocupar por esta especie de simios hijueputas? Que se acaben, que perezcan, que desocupen. Sin embargo me preocupa que vengan por él. La Gestapo del embeleco puede querer encontrar un chivo expiatorio y él está que ni pedido. Debo proteger a mi amiguito.

—Dime la verdad, Ratón-Ratón, ¿existe alguna posibilidad de que tú transmitas el hantavirus?
—Bueno, no lo sé, puede ser.
—Y si lo transmitieras, ¿podrías cumplir mi sueño?
—¿Cuál sueño?
—Acabar con la especie que va a corridas de toros, peleas de gallos y escucha reguetón con los ojitos cerrados.
—Con todo gusto. Tú sabes que los odio tanto como tú.
—Entonces no se diga más, voy a liberarte.
—¿En dónde? ¿En el metro de Bogotá?
—¡JaJaJa! Bobito, este pueblo miserable no tiene metro porque la plata del metro se la han robado 31 veces. Nos toca en un centro comercial. El templo de los aspiracionistas.
—Pues me duele despedirme de ti pero lo haré por la causa.
Entonces partimos con Ratón-Ratón pero hicimos todo lo posible para que pasara inadvertido en el Centro Comercial Andino, templo de la fanfarronería pequeñoburguesa bogotana: le puse una camiseta china que decía Louis Vuitton en letras fluorescentes, un pantalón roto que en la bragueta decía Marithe + Francois Girbaud y unos zapaticos blancos con negro. El izquierdo decía, a lo largo del empeine, Dolce y el otro, en el mismo lugar, decía Gabanna.
En su muñequita puse un pequeño reloj Patek Philippe comprado en Temu y una pulsera de oro gold-filled. Nadie podría advertir que Ratón-Ratón no era uno de ellos y así lo liberé en la plazoleta de comidas. Adiós, querido amigo, mátalos a todos, que no quede ni la semilla. Si van a culpar al más güevón al menos que tengan motivos.
Ratón-Ratón fue mesa por mesa saludando a los arribistas bogotanos, que no son pocos. Los huecos le preguntaban: ¿en dónde estudiaste? ¿Conociste a Pipe a Majo y a Juli? ¿Conoces Miami? Y Ratón-Ratón decía que sí, que los conocía, que había estudiado con ellos en El Moderno y que su papá, o sea yo, tenía un apartamento en Brickell. Nadie advirtió la trampa y mientras todos fingían una clase social de la cual están lejísimos Ratón-Ratón les orinaba la comida: Pssssssssssss.
Cuando cada plato quedó orinado Ratón-Ratón me encontró en la calle 82. La suerte estaba echada y esta especie de mierda estaba condenada. Recuerdo que al punto de encuentro mi amiguito llegó cantando Creep de Radiohead.
—Está hecho. Esa chusma arribista está condenada.
—Aún no, debo verlos con mis propios ojos.
Entonces Ratón-Ratón se quitó esa ropa ridícula llena de logotipos y se vistió con prendas como las mías: lujo silencioso. Ropa sin logotipos, ropa sobria. Entramos de nuevo al Centro Comercial y fue entonces cuando vimos el milagro: arribistas vomitando, arribistas cagándose encima, arribistas sangrando por todos sus cochinos agujeros, arribistas convulsionando, arribistas muriendo desesperados. Era hermoso, era un milagro, era mi milagro. Nuestro milagro.
Entonces Ratón-Ratón y yo decidimos que ya era suficiente. Camino a casa compramos una docena de cervezas Stella Artois y volvimos al nicho sabiendo que si iban a culpar al más güevón ahora sí tendrian motivos.
