Me gusta Medellín. Es una ciudad con mucho por ver, conocer y hacer. Lo que no puedo entender es a las personas que vienen a esta ciudad estrictamente a hacer narcoturismo. ¿Qué tiene de atractivo conocer y admirar únicamente los sitios por donde pasaron los capos o las tumbas donde reposan sus restos? Es decir, es una ciudad muy grande y con una gran oferta turística. ¿Por qué reducirla a su historial mafioso?
Por ello me di a la tarea de visitar algunos de estos lugares a ver qué encontraba. Confieso que yo también siento cierta fascinación por un bandido de esos años. No era un capo como Pablo Escobar o Rodríguez Gacha. Era más bien un contratista independiente que prestaba sus servicios a la mafia. Dejemos a ese personaje para el final.
Yo he leído todo lo que ha caído en mis manos sobre la violencia en Colombia, he sido víctima y, de cierta forma, también parte de ella. Por eso no me fue extraño llegar a estos lugares aunque nunca los había visitado con anterioridad. Al llegar a ellos sentí que los conocía de tiempo atrás y no me generaron ninguna emoción. Quizás por eso no puedo entender del todo el narcoturismo.
Los trece botones.
Mi periplo de narcoturismo comienza en La Estrella, un municipio del área metropolitana de Medellín. Esta pequeña ciudad vio nacer a los bandidos más fieros que tuvo la mafia colombiana del siglo XX. Otto (Otoniel González Franco), El Mugre (Luis Carlos Aguilar Gallego), La Yuca (Rubén Darío Londoño), Elkin Correa y un centenar más de criminales eran oriundos de este poblado.
Pero no vine a La Estrella a buscar sus tumbas. Vine a buscar un bar que por aquellos días se llamaba Los Trece Botones. Este lugar es importante en nuestra historia porque fue aquí donde se concentró parte de lo que por entonces se llamó el ala militar del cartel. Como dije anteriormente, los bandidos más letales de la organización eran de este municipio y este bar era, literalmente, su oficina.


El bar pertenecía a Elkin G. Correa, el primer entrenador de sicarios que tuvo el Cartel de Medellín. Por su escuela pasaron algunos de los gatilleros más efectivos que a la postre serían la primera línea de defensa de los capos.
En este bar ocurrieron muchas cosas. Aquí se planearon sicariatos, actos terroristas, envíos de droga, ajustes de cuentas, alianzas criminales y dicen que fue en este lugar donde Chopo (Mario Alberto Castaño Molina) celebró junto a su combo la muerte del ministro Lara Bonilla.
Hombre, lo único que lamento es que ya no tomo licor. En otros tiempos me habría sentado solito en el bar (así tenga un nuevo nombre) a tomar aguardiente con limón y mango biche mientras escucho Juanito Alimaña y Calle Luna Calle Sol que eran las canciones que escuchaban los bandidos de antaño, hoy (casi) todos muertos. Habría visto caer la tarde, llegar la noche y salir el sol en esa barandita de colores donde tantas cosas pasaron pensando, pensando y pensando.
Las tumbas de Pablo Escobar y otros.
Salgo de La Estrella y me dirijo al cementerio Jardines Montesacro en el municipio de Itagüí, otra de las ciudades que conforman el área metropolitana. Cuando uno dice «Medellín» en realidad está hablando de 10 ciudades que conforman lo que se conoce como «El valle de Aburrá». Itagüí es una de las más importantes junto a Envigado, Bello y Sabaneta.
Mi siguiente parada en mi mini tour de narcoturismo es visitar las tumbas de Pablo Escobar, de Limón (Álvaro de Jesús Agudelo), su último hombre; de Gustavo Gaviria, su primo y socio principal y de Gustavito, hijo de este último.

Estando frente a la tumba de Pablo Escobar tuve una conversación conmigo mismo, un monólogo en mi mente que, por obvias razones, no puedo reproducir con literalidad pero fue algo más o menos así.
«Así que aquí terminaste, malparido, bravucón, abusador, degenerado, asesino, pervertido, pederasta, secuestrador, genocida, torturador, pichafloja, barrigón, enano, polvo e´gallo, marihuanero, ignorante, psicópata. Bien hecho que quedaras en ese techo miserable descalzo y con la cabeza llena de plomo, maldito, ¿a cuántos inocentes te cargaste por pura codicia? Te hubieras quedado con tu negocio y ahí estarías fumándote tu bareto en la piscina de Nápoles. Pero no, vanidoso, narcicista, querías era la gloria, querías la fama y te metiste a la política. ¡Güevón! ¿Acaso no sabías que esa mafia es peor que la tuya? ¡Pendejo! Yo conocí tu hacienda siendo un niño y estabas vivo. Quizás estabas ahí en tu casa violando a una niña mientras yo veía los animalitos del zoológico y, un día caluroso, le entregué una paleta a uno de los tuyos en un negocio de un tío cercano a tu reino. Yo no lo recuerdo pero mi tío me contó que quizás fue a Carlos Castaño o, tal vez, a Arete (Carlos Mario Alzate). Como sea, no siento ninguna simpatía por ti y si no me saco el estrolín y te meo tu tumba es porque hay muchos narcoturistas visitando tu loza y me linchan».
Dejo la tumba de ese pendejo, doy un paso al costado y quedo frente a la tumba de Limón (Álvaro de Jesús Agudelo), el hombre humilde que murió cuidando a ese monstruo. Por ese caballero sí siento simpatía pues no era un sicario sino un chofer que terminó convertido en escolta cuando ya no le quedaba nadie a Escobar (todos habían sido asesinados o estaban presos). Frente a su fría tumba también tuve una conversación conmigo mismo:

«Hombre, Limón, ¿cómo te hiciste matar por esa porquería de tipo? ¿Ah? Te hubieras retirado con tus ahorritos y ahí estarías vendiendo hot dogs en la 70 o manejando un Uber con aire acondicionado, bacaniado, escuchando salsa en Barrio Antioquia y de vez en cuando güeliéndote un lavadito del que compran esos gringos narizones en los talleres. Yo sé que te mataron desarmado, a mansalva, una injusticia. Eso lo supe por el libro de Germán Castro y yo le creo, él era un cronista muy serio. Por eso me da tristeza tu muerte. Tú fuiste otra víctima de ese defectuoso. De seguro te ofreció el oro cuando se recuperara pero ese pendejo ya estaba más solo que un pedo en una botella, estaba perdido, estaba acabado, cuando lo mataron ya llevaba seis meses muerto».
Dejo a Limón con algo de pesar y me muevo unos pasos hacia la izquierda donde se encuentran las tumbas de Gustavo Gaviria y de su hijo Gustavito. Ambos en mi mas alta estima. Unos señores muy serios, bandidos pero serios, de palabra. Estando allí también pensé muchas cosas sobre ellos.

«Ay, don Gustavo, mire cómo terminó todo por hacerle caso al narcicista de su primo. ¿Qué pasó? Usted era el verdadero empresario. El güevón de Pablo solo sabía matar inocentes y gastar plata en putas. Usted invertía en diamantes, en obras de arte, en lingotes de oro. ¿Cómo fue que se dejó convencer de ese orate? Sumercé muñeco no era un asesino, o no tanto. Y fíjese en la apretada tan hijueputa que le pegaron a su hijo Gustavito. A Pablo y a Gustavito los mataron Los Pepes el mismo día, Gustavito entregó a Pablo, eso me lo contó don Berna en su libro y yo le creo porque él también es muy serio. Ay don Gustavo y a usted también lo mataron desarmado después de torturalo. De verdad lo lamento pero usted se lo buscó. Usted era el verdadero poderoso, usted pudo parar a ese güevón de su primo. ¿Se da cuenta? ¿De qué sirvió tanta plata? Hombre, qué pesar».
Salgo del cementerio Montesacro con un nudo en la garganta y con ganas de devolverme para La Estrella a tomar aguardiente en Los Trece Botones pero recuerdo que ya no bebo y decido irme para el centro de Medellín donde está mi último tótem del narcoturismo.
El edificio donde mataron a Chopo.
Por Chopo (Mario Alberto Castaño Molina) sí que siento una fascinación que no puedo explicar. Era el bandido más letal del cartel. Si Chopo decidía que alguien debía morir, ese alguien indefectiblemente moría. Si usted le faltaba al respeto a Chopo, incluso de forma mínima, estaba muerto. En los combos de sicarios lo llamaban «El Pablo Escobar de la calle». Era sencillamente letal. En el ambiente gangsgteril colombiano se dice que Chopo le enseñó a matar a Chuck Norris.
Por eso quise terminar mi aventura de narcoturismo en el lugar donde asesinaron a Chopo. Eso ocurrió en el edificio Bancoquia ubicado en la carrera 49 / pasaje Junín del centro de Medellín, exactamente el viernes 19 de marzo de 1993 al mediodia mientras descansaba y veía las noticias. Estando allí también tuve una conversación conmigo mismo.

«Chopo, Chopito, qué vaina la forma tan horrible como te mataron: 44 tiros, la misma edad que tenías. Menos mal no eras más viejo. Lo cierto es que tu muerte fue la más buscada de todo el cartel. Cuando los otros cobardes se entregaron tú dijiste «yo me quedo guerriando». Y guerriando te moriste. Cuando te cayeron al apartamento 2000 estabas descansando, viendo las noticias pero lo cierto es que la debías, tú más que nadie la debías y lo sabes.
Es que nadie como tú se entregó en cuerpo y alma al oficio de la guerra. Te hiciste cochinamente rico guerriando pero no alcanzaste a disfrutar esa riqueza. ¿Entonces de qué sirvió? Te pasó lo mismo que a Gustavo Gaviria, los muertos más ricos del cementerio.
A ti te entregaron Juan Caca (Juan Carlos Londoño) y Volador después de que los tiras los apretaron. Ese día quedaste de verte con ellos en la heladería Mimo’s pero ellos ya te habían vendido. El día anterior te afeitaste el bigote y te fuiste al cine a ver Fuerza Delta. ¿Qué comiste? ¿Maíz con Coca Cola?

Déjame te cuento una infidencia. Hace muchos años cuando estaba eligiendo cuál pistola comprar me decidí por la Sig Sauer porque era la que tú usabas. Si el asesino más letal de la mafia prefería esa marca debía ser por algo. Bueno, esa es la mía también pero yo sigo vivo porque ni soy mafioso ni soy asesino. Tú en cambio descansas en una tumba desconocida, la única tumba ilocalizable de todo el cartel. La he buscado pero tu tumba es imposible de encontrar. ¿En dónde quedaste Chopito?»
Ahora que termino el post pienso que quizás el narcoturismo sí vale la pena. Al final es nuestra historia y, por vergonzosa que sea, es la nuestra. ¿Qué podemos hacer si eso fue lo que nos tocó? ¿Esconderla?
