No profundizaré en las razones por las cuales siento una gran fascinación histórica por el extinto Bronx de Bogotá. Basta decir que lo conocí una noche de mayo del lejano año 2006, dos décadas que se dicen rápido, y que me marcaron para siempre al punto de que en este momento escribo un libro basado en mi experiencia y en la de otros que tuvieron la desdicha de conocerlo mejor que yo.
El Bronx no se llamaba así. Así le decían los periodistas y los güevones que nunca lo conocieron personalmente. Para los curtidos en las lides de la calle se llamaba La Ele o La Letra, de según como se mire, porque la conformación de esas pocas calles se asemejan a una letra L, si se cuentan solo las calles principales, o a una H si se cuentan todas las calles que lo conformaban. Se lo explico mejor con un plano:

Si nos apegamos a las zonas más álgidas, es decir las calles 9a y la carrera 15bis A, tenemos una ele. Pero si tenemos en cuenta la carrera 15 Bis, donde también se vivía el jaleo heavy de la perdición, tenemos una hache minúscula. ¿Se entiende? Entonces en lugar de hablar de «El Bronx» de Bogotá hablemos en adelante de La Letra.
Y La Letra era el infierno sobre la tierra pero también era un Disney de la pernicia. En La Letra, o el Bronx de Bogotá, todo estaba permitido. Todo. Quiero que mientras lee estas líneas piense en el valor absoluto de la palabra todo porque así era. Lo que a usted se le ocurriera se podía hacer menos robar. Si usted robaba en La Letra estaba muerto, todo lo demás, no solo era permitido: era patrocinado.
El rey de esas calles era el basuco, la pasta básica de cocaína, pero si a usted no le gustaba esa sustancia, como a mí que nunca me gustó, habia infinidad de opciones. Si lo que usted queria era alcohol, había infinidad de tipos y marcas a cualquier hora del dia o de la noche. ¿Cocaína? La que su bolsillo pudiera permitirle. Desde la pura y costosísima roca escama de pescado traída directamente desde los laboratorios del llano hasta la barata y cortada con cafeína y levamisol.

Otra droga muy común eran las ruedas, o sea las pastillas. Las había para todos los gustos pero si a usted le gustaba la pólvora, las ruedas no eran para usted. Si, en cambio, lo que quería era un poco de calma, estaban la Rohypnol y el Clonazepam. Ambas lo tumbaban en minutos si las mezclaba con aguardiente. La H, o sea la heroína, también se conseguía en esas calles pero nadie la consumía allí porque los usuarios de opioides viven en otro mood y no les gusta mezclarse con los chirretes que consumen estimulantes.
La música de La Ele.
Algo que adquiere radical importancia en las ollas es su música. En realidad en La Ele había muchos tipos de música, dependiendo de dónde usted se ubicara, pero en los bareques, que eran las mesas al aire libre donde se vendía la mercancía, y que siempre tenían al lado una toldita con unos muebles viejos, la música era casi siempre la misma: salsa brava y vallenatos viejos.
La juma de ayer / Ya se me pasó / Esta es otra juma que hoy traigo yo / (Qué embale traigo yo) / No sé ni donde yo vivo / Ni el nombre mío / Boncó / Qué remate, traigo yo / Qué embale (tengo yo) / Qué remate… / Qué embale más bueno (tengo yo)…
Imaginemos a esas (miles de) personas bajo los efectos de días y días de consumo de cocaína y sus derivados. A eso sumémosle el alcohol barato que en conjunto forman el etileno de coca, una de las sustancias más tóxicas para el corazón. El único contacto de esas personas con el mundo fuera de su embale (efecto de la cocaína) era la música y esa música hablaba, precisamente, del embale. Refuerzo positivo que se alimentaba a sí mismo.
Con la misma frialdad que tú me das / Que me hace de ansiedad enloquecer / Voy a darle a tu invierno soledad / Una brisa glacial, en cada anochecer / Me iré corriendo de tu frío pasional / Tienes la piel hecha en cristal de hielo / Y me parece que tienes al mirar/ Un resplandor sin luz ni fuego…
El desamor nunca falta en una olla de consumo. Desamor real o imaginario, da igual, La psique humana no tiene la capacidad de discernir lo que es real y tangible de aquello que es simbólico o interpretativo. Para donde usted dirigiera la mirada vería a alguien llorando su despecho al ritmo de la salsa brava de Lavoe o de Fiol. Esa melancolía, que no es otra cosa que el profundo e insoportable dolor de saberse perdido, cubría cada centímetro de La Letra.
Oiga, señor, si usted quiere su vida / Evitar es mejor, o la tiene perdida / (Mete la mano en el bolsillo) / (Saca y abre tu cuchillo, y ten cuida’o) / Oye, ten cuida’o / (Póngame oído, en este barrio) / (A muchos guapo’ lo’ han mata’o) / Y que mucho han mata’o / (Calle Luna, Calle Sol) ¿a dónde? / (Calle Luna, Calle Sol)…
El enaltecimiento de la violencia, por supuesto, no podía faltar. En esas pocas calles donde era posible comprar una granada, contratar a un sicario o tener sexo con quien se quisiera, y que sin embargo y paradojicamente eran las calles más seguras de Bogotá, el ser bandido era un honor. Adentro de esas calles los bandidos eran celebridades y hoy, 20 años después, pienso que sí, lo eran. O tal vez no celebridades pero sí personas mucho más decentes que los políticos y sus lavaperros, los funcionarios.
La fauna de La Ele.
Se podría pensar que una zona tan compleja como El Bronx de Bogotá o La Ele lo que más habría es habitantes de calle y delincuentes de baja estofa. Y sí, entre semana el grueso poblacional estaba conformado mayoritariamente por esos dos grupos. Empero, los fines de semana la situación cambiaba ostensiblemente y usted podía encontrar allí personas de todos los estratos sociales.
Y no solo de todos los estratos sociales pues, además de los médicos, abogados, azafatas y estudiantes, era muy común encontrar extranjeros que llegaban a esas calles atraídos por la permisividad de consumir drogas sin restricciones y tener sexo con menores de edad sin consecuencias. Muchos de esos extranjeros quisieron pasarse de listos engañando a los indios y pagaron caro su atrevimiento. En esas calles usted tenía dos opciones: se comporta o se muere. Punto.
Algunos, como el holandés imbécil del video anterior, lograron escapar del castigo pero fueron una ínfima minoría. En La Ele quienes contravenían las normas, no escritas en papel de burócratas pero por todos conocidas, eran llamados a descargos por Los Sayas, la seguridad de la zona conformada por asesinos y torturadores implacables. Si su falta era leve, quizás lograra salir de allí con media docena de huesos rotos y una puñalada superficial (un puntazo, le llaman); si por el contrario, era una falta grave, como robar a otro consumidor, o peor aún, a un dealer, su cuerpo nunca más volvería a ser visto.
¿Qué había en La Ele?
En El Bronx de Bogotá, realmente La Letra, había básicamente cuatro cosas: ollas de consumo, discotecas clandestinas, bareques y pagadiarios. Describiré brevemente cada uno de ellos para terminar el post y dejar de pensar en esta mierda que me lastima.
Las ollas.
Las ollas de La Ele se llamaban Ganchos. Ese nombre fue heredado del antiguo Cartucho y en mi libro cuento el origen de ese nombre tan peculiar. Básicamente los ganchos eran sitios de consumo pero también eran marcas de droga. De la época (2006) recuerdo a Gancho Homero, Gancho Mosco, Gancho Manguera y Gancho Morado. Esos eran los más importantes. Usted solo podía consumir en una olla la droga comprada en el respectivo gancho.
Si usted se las daba de avispado y entraba a una olla a consumir una sustancia comprada en otro gancho, eso se consideraba una falta grave y le acarreaba consecuencias físicas, siempre físicas. Había un letrero escrito en una pared, creo que en la tienda Nacional o Millos, ya no recuerdo, que decía: «No se haga pasar a la sala de masajes». Ya se imaginará el lector en qué consistían los masajes.
Discotecas clandestinas.
Poco por decir. Eran frecuentadas, en su mayoría, por los chicos bien de la ciudad que querían conocer la sordidez de ese mundo. También se conocieron como Las chiquitecas pues iban, más que todo, menores de edad. Ellos no tenían un trato diferencial. Podían comprar y consumir la sustancia que quisieran y tener sexo a cualquier hora del día o de la noche pero si faltaban a las normas serían tratados como cualquier adulto.
Para Los sayas daba igual que usted tuviera 45 años o 15, mismo error, mismo castigo. No fueron pocos los chicos alevosos que fueron a parar a las jaulas de los Pitbull (que estaban en Gancho Manguera) o los que salieron de La Ele con sus huesos quebrados a golpes. La Letra era el único lugar de Bogotá donde las leyes se cumplían a rajatabla.
Los bareques.
Eran los mejores sitios de La Letra. Pertenecían también a los ganchos pero estaban en la calle a cielo abierto. Los bareques eran simplemente mesas donde un taquillero (siempre cuidado por un Saya) despachaba las sustancias. Junto al bareque había toldos, a veces carpas, a veces techos improvisados, donde se acomodaban los adictos en muebles viejos a guarecerse del frío, a consumir y a escuchar música.
Allí se podía comprar cualquier cosa y consumirla allí mismo. Allí se bailaba, se cantaba, se rapeaba, se reía y se lloraba sin privaciones. La música a todo volumen entraba por el oído pero se sentía en los huesos y, quizás, si tal cosa existe, en el alma.
Has viola’o las reglas el mirón es de palo / Chico malo y ahora / Hoy te van a castigar / Por tu mala maña, de irte sin pagar / Es que te anda buscando / Un carro negro de antena larga / Lleno e’ gente, lente oscuro / Los de la seguridad / Por tu mala maña, de irte sin pagar… Te están buscando unos tipos / Que cuando niños su mamá no los querían y ahora de adultos / Viven repartiendo bofetá’…
En estos bareques se podía tomar desde licores baratos adulterados hasta whisky importado de 18 años. El límite no estaba en la oferta: estaba en su bolsillo. Lo que usted quisiera, si lo podía pagar, se lo conseguían en menos de cinco minutos. ¿Tequila reposado? Déme tres minutos y lo tiene aquí. Los bareques eran la imagen misma del capitalismo salvaje: cuánto tienes, cuánto vales.
Los pagadiarios.

Los pagadiarios eran las habitaciones de La Ele. Los hoteles donde, como su nombre lo indica, se pagaba el día. Eran covachas, tugurios, bidonvilles hediondos donde las personas entraban a dormir, a tener sexo o a descansar un poco para recuperarse antes de seguir consumiendo.
Los pagadiarios también le pertenecían a los ganchos. Todo allí les pertenecía. Usted podía alquilar una de esas covachas individuales o grupales, en cuyo caso era un salón lleno de camarotes donde se dormía, se tiraba o se consumía. A veces todo al tiempo.
Las cosas que ocurrieron en esos pagadiarios del Bronx de Bogotá aún no han sido del todo escritas. En mi libro relato algunas pero, ciertamente, me quedo corto. No hay forma humana de poner en palabras las infamias que allí tuvieron lugar.
Baste decir que ni un solo delito contra la niñez dejó de cometerse en esos tugurios de mala muerte. No siempre bajo coacción. A veces bastaba tener un poco de basuco en el bolsillo para acceder a todo aquello que la ley y la moral, con sobrada razón, prohiben. Con esto cierro el post: una cosa era conocer La Ele y otra era conocer un pagadiario. Y yo lo conocí. No me pregunten por qué pero lo conocí.

Wow! Creo que no entraria alli ni porque me pagaran.
😀 Ya no existe. El 28 de mayo de 2016 las autoridades le pusieron fin a ese lugar. No se resolvió el problema, solo lo desplazaron a San Bernardo, María Paz y otras zonas conflictivas.