Los nueve niveles

A mi viejo amigo «El Gurre» le robaron una plata y me pidió el favor de investigar o conseguirle la persona que supuestamente le robó. Yo sabía que, de aceptar la misión, debería adentrarme en los nueve niveles que componen el lago sulfurante de babas y mocos de Internet. Por eso inicialmente lo dudé e intenté sacarle el cuerpo pero la voz, esa maldita voz de mi conciencia, no dejaba de repetirme: «eres un mal amigo» y terminé aceptando.

Sé que no es posible hacer una investigación de fuentes abiertas (Osint) sin entrar a las redes sociales. Algo que para mí es muy difícil porque soy alérgico a la estupidez humana. Cuando eso pasa, una comezón me recorre todo el cuerpo, sobre mi piel aparecen infinidad de ronchas, bubas, llagas y apostemas y las vías aéreas se me cierran impidiéndome respirar. Es horrible.

Por fortuna encontré el teléfono de mi amigo Virgilio, un especialista en el tema de bajar hasta lo más profundo de la imbecilidad humana. Él sí que conoce todos los vericuetos por donde deambulan los majaderos sorocos de la chusma virtual. Solo él podría darme indicaciones precisas.

—Aló, ¿Virgilio? Con Kar.
—Háblalo maricón.
—Viejo Virgi, debo bajar al pozo séptico donde habita la hez.
—Ufff… ¿Y eso?
—Estoy investigando a una gorda que le robó una plata a un amigo.
—¿Es una vendehumos, vendecursos o demás?
—Por supuesto, enseña a crear empresas sin tener empresas y enseña a ser rico sin tener un quinto.
—Sí, de seguro la tenemos aquí. Baja.
—¿Por dónde me voy?
—Mira, te bajas por la calle 72 hasta la Avenida Caracas. Allí vas a encontrar un mototaxista llamado Osnaider Guáqueta pero le decimos «Caronte». Él te pasa la laguna de pus que separa nuestros mundos y te deja en las puertas del Averno. Cuando estés allí me llamas de nuevo.
—Cambio y fuera.

Y así lo hice. Bajé por la calle 72 hasta la Avenida Caracas mirando siempre hacia atrás no me vinieran siguiendo para atracarme. Cuando llegué al sitio donde se paran los mototaxistas a fumar marihuana y a esperar a sus clientes pregunté por Osnaider. Un colega suyo señaló con el dedo y dijo: «El Caronte es aquel flaco que está meando en la caneca de la basura».

Saludé a «Caronte» (sin darle la mano) y le dije que venía de parte de Virgilio y que debía cruzar al otro lado donde la razón se ha perdido. Él me miró incrédulo, dudaba que yo tuviera lo necesario para recorrer ese maldito lugar pero de inmediato lo tranquilicé: «No te preocupes, Caronte, yo puedo soportarlo. Alguna vez me tomé selfies frente a un espejo». Tras mirarme de arriba abajo y hacer una evidente mueca de asco dijo: «vámonos».

Nos subimos entonces en su Yamaha RX 115 envenenada con aceite 2T en el tanque de la gasolina, sin seguros, sin revisión técnico-mecánica, sin tarjeta de propiedad y partimos rumbo al lago de materia purulenta que separa los dos mundos. En el camino me habló de fútbol, de goles, de reguetón, de realities, de programas matutinos, de libros de autoayuda, era un ser detestable.

Cuando estábamos a punto de cruzar el lago me advirtió que levantara los pies o mis hermosos zapatos italianos hechos a mano se llenarían de porquería. Yo estaba acostumbrado al pus pues en otra vida fui un médico más o menos prestigioso pero esto era diferente. Noté que ni el color, ni el olor, ni la textura coincidían con el pus clásico, con el pus ancestral de antaño y tuve que preguntar.

—Esto alguna vez fue solo pus pero en la medida en fueron llegando pendejos de Internet la administración decidió verter las babas, los mocos, el sudor, las lágrimas y la menstruación de les chiques trans a la laguna. Ahora es un lodazal de inmundicias, respondió.
—Ah… Respondí.

Cuando llegamos a la otra orilla Osnaider paró la moto en seco y me dijo: «hasta aquí llego. Más adelante hay un perro que no me quiere ni poquito. Bájese». Me bajé de ese aparato infernal con premura, le pagué su servicio con la moneda de oro que llevaba en mi boca y caminé rumbo a una puerta que se veía a lo lejos. Estando en la puerta llamé de nuevo a Virgilio:

—Aló, ¿Virgilio? Con Kar de nuevo.
—¿Llegaste maricón?
—Creo que sí…
—¿Estás frente a una puerta?
—Sí…
—¿Qué dice arriba de la puerta?
—Dice: Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate.
—Ah, sí llegaste, ya te abro, no te asustes si sale mi perrito, se llama Cerbero.

Las enormes puertas de hierro bruñido se abrieron de par en par y de ellas emergió Cerbero, la bestia colosal que aterroriza a los recién llegados. Era un perrito Yorkshite Terrier de tres cabezas con cataratas en los ojitos de dos de ellas, ácaros en las seis orejitas y problemas renales. Alzaba la patita y orinaba sangre. Me agaché a consentirlo, jugamos un rato y le dije: «Llévame con Virgilio». A lo cual respondió:

—Virgilio no te puede atender personalmente porque está turturando a una gorda de pelo verde que usa camisas ombligueras y no se depila las axilas ni la vagina pero te manda decir que sigas el camino de la derecha, siempre por la derecha, y que cuando veas la primera puerta alguien vendrá a ti para guiarte.


Los nueve niveles
Cerbero, el perrito que cuida la puerta del inframundo. 

Así lo hice, me despedí del perrito Cerbero, mi amiguito, y partí por el camino de la derecha, siempre por la derecha. Tras unos 30 ó 40 minutos de tranquila caminata vi a lo lejos una puerta y junto a ella una silueta humana que desde la distancia me pareció muy conocida. Apresuré el paso y al llegar a ella vi que se trataba nada más y nada menos que de mi entrañable amigo Mejía.

—¿Mejía? Pregunté incredulo.
—¡Agoníiiiiiiiiiiiiiiia! (Así me saludaba en vida)
—No puedo creer que estés en el infierno. ¿Qué mierdas haces aquí?
—Me aburría mucho en el cielo. Allá solo están los buenos: el Che Guevara fusilando arcángeles, la Madre Teresa dirigiendo un hospital sin analgésicos, el cura Maciel manoseando querubines y Gandhi cacheteando a las once mil vírgenes. Por eso pedí el traslado.
—Ah vaina, yo pensaba que el cielo era lindo.
—No, es un infierno. Es mejor aquí.
—¿Y hay mucha gente aquí abajo?
—Uff, muchísimas, ya no cabemos. Virgilio le está negociando un lote a Yahweh para ampliar este changarro pero pide mucho el avaro.
—¿Algún conocido?
—Montones. Aqui está Micho, el que se mató en una moto en 1994 cuando apenas éramos adolescentes. Y está Santander, el que se suicidó con una escopeta del calibre 12. También está Tulita, ese loco maneja los sistemas del purgatorio con un SO creado por él mismo llamado GNU/Linux Inferno, basado en Arch. A otro que vi una vez fue a tu papá, muy formal, como siempre. ¿Y sabes quién llegó hace como un mes? La muchacha con la que tú te accidentaste en 1997. Por ahí anda trabajando de traductora en Babel.
—Entiendo, o sea todos los conocidos…
—Toditos. No falta ni uno. Pero cuéntame Agony, ¿a qué vienes?
—Estoy buscando a una gorda hijueputa que robó al Gurre.
—¿Y por qué crees que está aquí donde los gusanos infelices y condenados?
—Porque todos los días se toma selfies y postea frases motivacionales.
—Ah, claro, seguro está aquí, esa fauna sucia no puede estar en otra parte. Solo debes buscarla por cualquiera de los nueve niveles. Entrando por esta puerta conocerás el primero. Ve tranquilo que yo desde aquí te cuido.

Entonces crucé la primera puerta, aquel umbral donde la luz se marchita y el aliento de los vivos pierde su nombre. Atrás quedaron las campanas de la tierra y el tibio engaño del sol; delante de mí se abrieron las honduras eternas, allí donde las sombras recuerdan pecados y estupideces que los hombres inteligentes prefieren olvidar.

No descendí al abismo guiado por la valentía, sino por una fuerza más antigua que el miedo. Mis pasos cansinos resonaron sobre piedra húmeda, entre estentóreos lamentos sin origen y vientos fétidos cargados con el peso de almas innumerables. Y aunque mi carne siguió siendo mortal, mis ojos contemplaron aquello que ningún hombre sensato debería mirar durante demasiado tiempo.

Lo que están a punto de leer no es fábula, ni delirio nacido del cansancio, ni artificio de escritor alguno. Es la relación exacta y terrible de cuanto vi en las profundidades del inframundo: criaturas que guardan los abismos, ríos donde la desesperación por ser vistos tiene voz y condenados e infelices esnobistas y narcicistas cuyo sufrimiento desafía toda medida humana.

Juro, por la última llama que aún arde en mi espíritu, que cada palabra aquí escrita es una descripción fiel de aquello que mis ojos mortales contemplaron más allá de las puertas de la muerte cerebral causada por el uso infantilizado de Internet.

Primer nivel: El Limbo.

Aquí encontré a las personas que no pagaron el verificado en X, Facebook, Whatsapp e Instagram. La chusma entre la chusma que seguía usando las redes sociales como cavernícolas gorrones y anónimos. Su condena era no ser vistos por nadie, no ser mostrados por el algoritmo. Estos pobres miserables eran ignorados pero en su locura se aferraban a la absurda idea de ser tenidos en cuenta y no paraban de publicar sus idioteces de cabezashuecas.

Día y noche publicaban pendejadas insignificantes con la vana esperanza de recibir una interacción, un repost, un like, un comentario zalamero pero la eternidad implacable les daba todo lo contrario: silencio. No sé cuánto tiempo estuve allí pero fue suficiente para no querer volver pues, además, mi objetivo no estaba allí.

Segundo nivel: La lujuria. 

Al llegar a este nivel mis ojitos arios se anegaron en llanto. Allí vi millones de hombres y mujeres alrededor del recinto publicando sus vergüenzas. Pezones marrones, pezones peludos y pezones que por su diámetro parecían hamburguesas de «Chunga el diarréico». Fotopenes nunca pedidas y abdómenes planos en apariencia que se notaban eran el fruto de aguantar la respiración. Era un nivel realmente patético.

Estando allí vi a una mujer desnuda que lloraba acurrucada como una oruga en un rincón. Me acerqué a ella con delicadeza y le pregunté: ¿Por qué estás aquí, mujer? a lo cual ella respondió desconsolada:

—En vida me la pasé buscando excusas para mostrar las tetas. Si quería mostrar un muffin lo fotografiaba de forma que se me vieran las tetas, si quería mostrar que estaba trabajando lo hacía de forma que se me viera al menos una teta. Eso me condenó.

Sentí mucha pena por esa pobre mujer pero mi conciencia me decía que estaba bien, que se lo merecía por ridícula, por patética, por insegura. Acaricié su cabecita con ternura y me despedí pero ella malinterpretó las cosas y me preguntó: «¿Te gustaría tocarme una teta?» y sin dejarme responder se agarró la ubre con sus dos manos y fue entonces cuando vi que su pezón color culpable comenzó a cantar el coro de Hell awaits:


The gates of Hell lie waiting, as you see / There’s no price to pay, just follow me / I can take your lost soul from the grave / Jesus knows your soul cannot be saved.


Partí de allí espantado y sin mirar atrás aunque sin saber si mi estructura psíquica podría soportar los siguientes niveles de tormento pero debía hacerlo pues mi objetivo tampoco estaba en este nivel.

Tercer nivel: La gula.

Descendí entonces a esta recámara donde se encontraban las patéticas personas que en vida le tomaban fotos a su comida. Eran posiblemente las almas más tristes que mis ojos mortales habían visto. El demonio a cargo les daba un pan y ellos le tomaban una foto; les daba un caldo chirle y ellos le tomaban otra; les daba un roll de sushi y todos entraban en paroxismo tomándoles fotos hasta agotar las baterías de sus celulares.

Nuestro Señor Satanás los condenó a ver fotos del proceso digestivo de las comidas de otros. Día y noche estos infelices estaban condenados a ver en lo que, pasadas unas horas, se convertían el sushi, los panes, los caldos y los cortes de carne de sus compañeros de infortunio.

Cada vez que uno de ellos subía a sus redes sociales una foto de su roll con la etiqueta #sushitime, #sushilover o cualquier otra ridiculez, en sus pantallas aparecía un mojón portentoso, húmedo y humeante rebosado de moscas hambrientas que les recordaban su pobreza de espíritu.

Partí de este nivel asqueado de vergüenza ajena con la esperanza de encontrar niveles menos patéticos, ridículos e infantiles que este.

Cuarto nivel: Avaricia y prodigalidad. 

Quizás aquí estuviera la gorda ladrona que estaba buscando, pensé. Sería un enorme alivio. Sin embargo, tras recorrer el lugar noté que este maldito gulag estaba reservado para los espirituales de Internet. Esas lacras infectas que venden ideas absurdas como el más allá, la ley de la atracción, la frecuencia del universo, las experiencias cercanas a la muerte y demás idioteces.

Estos desgraciados estaban condenados a pagarse unos a otros sus mentorías. Cada vez que uno de estos condenados recibía $100 por hacer una carta astral debía pagarle los mismos $100 a otro infeliz por dictarle un curso de milagros y, a su vez, este último ladrón degenerado debía entregarle los $100 a otra alimaña que le haría una regresión a vidas pasadas. Ese bucle se repetía ad aeternum, sin descanso y lastimando a cada convicto obligado a mamarse el humo de sus pares. Aquí tampoco era.

Quinto nivel: Pereza.

Desde que entré supe que aquí tampoco iba a estar la vaca ladrona que buscaba. Este lugar estaba reservado para aquellos simios patéticos que en vida se tomaban fotos haciendo ejercicio. Aquellos miserables tartufos inseguros que día tras día subían la misma hijueputa foto en el mismo hijueputa espejo del mismo hijueputa gimnasio y con la misma hijueputa etiqueta: #gymtime.

Los nueve niveles.
Culo cóncavo de mariachi dando el grito.

Entre serie y serie pasaban 22 minutos, o 128 fotos, que es lo mismo. Nuestro Señor Belphegor los condenó a nunca encontrar la foto perfecta para presumir sus nimiedades en Internet. Foto que tomaban, foto que le encontraban algún defecto. O se les veía un rollo en el buche, o se les veía el tríceps flácido, o se les veía el culo chupado como el de un mariachi dando el grito, nunca encontraban una foto que llenara sus ridículas expectativas.

Además, estos miserables estaban condenados a ver las fotos de otros y a leer sus frases motivacionales: «aquí cumpliéndome», «dándola toda», «antes de criticarme, intenta superarme». Muchos se arrepintieron de su conducta tras leer la segunda o tercera frase pero era demasiado tarde, su suerte estaba echada y ese tormento inenarrable duraría lo que duren los letrinoamericanos votando socialismo, o sea para siempre.

Sexto nivel: La herejía.

En este lugar estaban las almas de aquellos rebeldes que se atrevieron a desafiar las leyes naturales de Internet. Eran millones de personas que nunca pusieron la banderita de Palestina junto a su nombre de usuario, trillones de personas que se atrevieron a admitir que les gustaban las comodidades de occidente y que no querían limpiarse el culo con una mano mientras, con la otra, comian arroz en una cueva de Kabul.

Estando allí vi una subzona habitada por personas que padecían suplicios indecibles. Me acerqué a un pequeño demonio sin rango y le pregunte quiénes eran esos desventurados ante lo cual respondió:

—Son los mayores herejes de Internet. Aquellos que se atrevieron a decir que las mujeres no tienen pene.
—Wow, pobrecitos, ¿y qué les están haciendo?
—Los obligamos a realizarle todo el tiempo exámenes ginecológicos a les chiques trans.
—Dios… ¡Qué crueldad!
—¡Shhh! No nombre a ese señor aquí que él es muy malo, incluso para nosotres. Estos infelices tienen que meterle todos los días los dedos en el ano a les chiques buscando un cuello uterino que nunca encuentran. La frustración de no encontrar nunca los órganos femeninos los atormenta hasta llevarlos a la locura.

Este nivel era demasiado para mí y, puesto que aquí tampoco estaba la morsa ladrona que buscaba, debía irme a la mayor brevedad.

Séptimo nivel: La violencia.

Bajando a este nivel sentí un olor a cigarrillo rancio y a cuncho de café barato que me hizo sospechar lo que iba a encontrar allí. Intuí que este lugar estaba reservado para los profesores universicarios y sus alumnos llenos de derechos. Lo que había en ese lugar era la hez de la hez. Si la mierda pudiera cagar con seguridad defecaría a uno de estos sujetos.

Estaban allí esas personas que secuestraron, mataron, extorsionaron violaron y traficaron por amor al pueblo. Les acompañaban los filántropos que cargaban burritos con explosivos y quemaban personas vivas dentro de una iglesia. Era un lugar destinado a los humanistas de izquierda y su condena era vernos, por una ventanita impecable, a quienes abandonamos el credo hegemónico y ahora vivíamos como reyes.

Allí pude ver a un viejo guerrillero del ELN a quien llamaban «Cárcamo» quien por la ventanita espiaba a un amigo mío que conduce un BMW último modelo de color gris aristocrático, toma cerveza como un camello, no sigue órdenes de nadie y no pasa penurias económicas a pesar de haber creído alguna vez en esas idioteces. La envidia le hacía retorcerse del dolor y por un momento sentí pesar por él. El demonio me dijo: «no sientas pena por esa cucaracha infeliz y mejor disfruta el espectáculo».

El criminal se revolcaba en el suelo, era evidente que su dolor era insoportable. Con sus manitas de humanista asesino se agarraba el vientre como si estuviera a punto de estallar. En ese momento el demonio mandó a callar, se hizo el silencio y con voz tremebunda dijo: «facere vitam». Acto seguido el recto del universicario dio a luz un apestoso sindicalista. El engendro nació con una mancha en la nuca que se parecía a la foto de Korda.

Octavo nivel: Fraude.

Aquí fue donde encontré a la puta gorda ladrona. Casi me tuve que recorrer los nueve niveles del infierno para encontrarla. Aquí estaba el bojote de manteca ese vendiendo cursos y mentorías de güevonadas que nunca había hecho. Enseñando a crear y administrar empresas sin tener empresas; enseñando a ser rico sin ser rica; enseñando liderasno cuando su equipo estaba conformado por ella sola; hablando de criptomonedas sin saber nada de criptografía, toda una coach la hijueputa, un disparate.

—Hasta que te encuentro, gorda regordeta, con el cuero de tus tetas pienso hacerme una chaqueta.
—¿Y tú quién eres? ¿Vienes a tomar mi curso de liderazgo?
—No, vaca pecuecuda, vengo a cobrar lo que le debes a «El Gurre».
—Yo plata no tengo, si quieres te pago con una mentoría en liderazgo ontológico ancestral con perspectiva de género.
—Déjate de güevonadas, o me pagas ahora o la próxima vez te cobra «La Pirinola».

En ese momento apareció Mi Señor Satanás preguntando a ritmo de salsa: «¿Qué es lo que pasa aquí?». Le expliqué la situación y ante la certeza de que «La Pirinola» viniera personalmente a cobrar la cuenta pendiente decidió entregarme el alma de la gorda. Antes de irme me dijo: «¿Sabes algo Kar? Siempre quise deshacerme de esa estafadora. Me alegra que te la lleves».


No lo entiendo
Pirinola, la cobradora más implacable que conozco. En una vida pasada fue esbirra de Stalin en Siberia.

Mientras subíamos a la superficie la gorda de mierda quería resistirse pero yo le atizaba: «Camina ladrona o te afeito las axilas». Ella entendió que lo mío iba en serio y caminó obediente. Cuando llegamos a la puerta estaban Cerbero y Mejía tomando cerveza:

—¡Volviste, malparido! Dijeron al unísono.
—Y con el paquete que no es lo mismo, dije.
—¿Hasta dónde bajaste? Preguntó mi amigo perrito.
—Hasta el octavo.
—Mierda, loco, estabas a nada de conocerlo todo, dijo Mejía mientras manipulaba un naipe español con su mano derecha.
—Me faltó uno, el noveno, el lugar reservado para los traidores que se niegan a decir lo que piensan para no molestar a los delicaditos. Los conozco muy bien, están por todo Internet fingiendo corrección, son unos pobres hijueputas pusilánimes. Casi todos tienen un blog.

Cubierto de ronchas por la alergia me despedí de mis amigos, salí por la enorme puerta de hierro bruñido, me subí en la mototaxi de «Caronte» cargando la gorda entre él y yo y nos fuimos para la calle 72 de Bogotá. Una vez allí entregué el paquete a mi amigo «Gurre», cobre mi paga en Bitcoin y me fui para un bar de maricas en Chapinero a tomar cerveza pero sin alcohol porque yo no tomo.

Temas: Minimalismo, Personal
J. Inversor

Escrito por:J. Inversor Otros posts del autor

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