Por estos días aparecen en Colombia los tartufos que todo lo pueden. Esos seres maravillosos que van de un extremo a otro de nuestra accidentada geografía proponiendo soluciones a los problemas que ellos mismos (o los suyos) causaron. Comienza oficialmente en Colombia, el chiquero que me tocó por patria*, la Temporada de Inmundicias 2026.
Los actores son los mismos de las temporadas pasadas. Sus propuestas también son las mismas pero casi nadie las recuerda porque en el intermedio hubo realities, reinados de belleza, reguetón y muchos goles. Lo único que en realidad le importa al Homo homuncularis que habita estas tierras palúdicas. Eso lo saben las inmundicias y por eso ya no se esfuerzan en construir narrativas nuevas.
El discurso, repito, es el mismo: el empleo, la educación, la seguridad, las pensiones, la salud… Pero son solo generalidades, rebuznos vagos. Nada de cifras, nada de coeficientes, nada concreto. Solo dicen cosas como «habrá educación gratuita para todes» y la perramenta les aplaude con las manos, con las patas y con las nalgas. Nunca dicen cuánto va a costar el prodigio porque, primero, no lo saben y, segundo, saben también que no existe tal cosa como gratuito.
Pero la chusmamulta lo cree y se llena de esperanza. «Voy a votar por este dotor porque nos va a dar diplomas, muchos diplomas», piensa convencido el elector. Al llegar a su casa convence a sus nueve hermanitos de votar por su candidato: «Osnayder, Amineylis, Désgar, Yuracid, Brayan Estíben, Kennedy, Yonaiker, Usnavi, Wolfran, tienen que votar por el dotor don Iván que con ese sí sacamos las patas del barro».
Pero pasa algo y es que en nuestros paisuchos el negocio de la política es precisamente impedir que los pobres saquen las patas del barro porque ellos son la materia prima que permite la captura de rentas. Si se acaban los pobres, se acaba el way of life de las lacras. ¿Qué sentido tendría cerrar el grifo que los mantiene viviendo como reyes? El negocio es mantenerlos pobres pero con esperanza (palabras de Hugo Chávez).

Y cuando gana el (o la) que más plata reparte entre la gleba se pone en marcha la segunda parte del plan: recuperar lo invertido. ¿Y cómo se recupera ese mundo de plata? Pues con «planes sociales». No hay otra forma. La infraestructura toca hacerla una sola vez, es verificable y deja poco margen para robar. Lo mejor para hincarle el diente al erario son los «planes sociales» pues a menudo se trata de eventos, consumibles o meros simbolismos.
Un vaso de leche diario para ocho millones de niños barrigones deja una fortuna en sobrecostos y mordidas. Si a eso le sumamos un pan mohoso y un banano magullado se convierte en una mina de oro. Y es un robo diario, constante, incesante, ininterrumpido, inauditable. ¿Quién dice que en el vaso de ayer no iban 360 ml de leche como dice en el contrato sino 240 ml si ya se lo tomaron?
A los papitos de los niños lactófagos también hay que agradecerles el voto con eventos, muchos eventos que dejan fortunas (pero para sus organizadores). Eventos donde les dan coba y los hacen sentir importantes. El Festival Mundial del Joropo organizado por el Viceministerio de los Saberes Ancestrales contará con vallas publicitarias en Osaka, en Düsseldorf, en Viena y vendrán delegaciones de otros gobiernos (otros parásitos) a ver a la pobrería bailando su disparate de mal gusto.
«No tenemos vías y este año se nos ha metido la guerrilla tres veces al pueblo pero nos trajeron a unos dotores de afuera a vernos bailar», dice satisfecho el danzarín que sigue siendo igual de pobre pero ahora se siente tenido en cuenta. De eso se trata todo sin importar quién gane: de utilizar a las masas ignaras para amasar fortunas imposibles de construir en el mercado laboral decente.
Comienzan los días más tragicómicos de mi país en los cuales veremos a quienes todo lo pueden abrazando indigentes y locos; acariciándole la barriga templada a la Enedis de 14 años preñada del Yonkleiberson de 58; bailando las danzas insulsas típicas de cada región; disfrazados de campesinos, plomeros y albañiles; compartiendo la mesa, el pan y la changua** con la mamita cabeza de hogar muy responsable que le ha puesto un papito a cada uno de sus siete retoños; llegando a sus eventos en mototaxi con el casco jarto de piojos y mil ridiculeces más que hacen las delicias de este patético sainete llamado democracia.
Y entre más los veo más me enamoro de Bitcoin. O no de Bitcoin: de lo que BTC representa. Aprovecharé para comprar un poco ahora que está barato y así evito que mi patrimonio se diluya en vasitos de leche sobrefacturados.
| *La cucaracha que gobierna México dijo que la palabra «patria» era una imposición patriarcal y que en adelante, por reivindicación femenina, debería llamarse «matria». De ese tamaño es la inteligencia de nosotros los letrinoamericanos.
**La changua es un caldo horrible y sin valor nutritivo hecho con agua, sal y cebolla. |
