¿En qué cabeza cabe tener un país culto, bonito, ordenado, limpio y seguro y dejar entrar hordas de subhumanos sucios acostumbrados a vivir en la cochambre? Esa imbecilidad solo es posible en la cabeza de un bien-pensante europeo. A ninguna persona que no haya sido infectada con el virus Woke se le ocurriría aplicarse el darwinismo en su contra de esa forma tan absurda e irracional.
Invasores, no migrantes.
¿Quién que haya visto la suciedad de las calles de El Cairo querría que su ciudad se llene de egipcios? Esa estupidez solo encuentra asidero en la enferma y deformada mente un bien-pensante «educado» en las narrativas hegemónicas del marxismo cultural de occidente.
Los europeos quisieron jugar el jueguito del humanismo y perdieron. Sus ciudades, otrora ejemplos de orden y civismo, hoy son verdaderos ejemplos de lo que no se debe hacer. La delincuencia desbordada, el desorden, la ausencia total de civilidad, violaciones en masa, el desplazamiento de sus costumbres y mil males más que llegaron con los «importados» en sus barcas improvisadas son hoy la regla en el viejo continente.

Quizás parezca incomprensible que los belgas, los franceses, los españoles y los alemanes permitieran la llegada masiva de individuos cuyas culturas y valores son diametralmente opuestos a los suyos pero la explicación es muy sencilla: ellos compraron el cuento de «la culpa»: como en el siglo XIX Leopoldo II de Bélgica esclavizó a los habitantes del Congo, los belgas del siglo XXI deben dejar que los africanos defequen en sus calles y violen a sus niñas.
Esa estúpida idea de la «deuda ancestral» nace en el seno de la intelectualidad académica y se esparce como un virus infectándolo todo. Según los profesores universicarios y sus pupilos, los ciudadanos de aquí y allá estamos en deuda con medio mundo por lo que otras personas que no conocimos hicieron hace 200 años en lugares del mundo que tampoco conocemos.
Es así, gracias al embeleco de «la culpa», que los países occidentales se han visto invadidos por legiones de salvajes que no están buscando mejorar sus vidas sino empeorar las de aquellos imbéciles incautos que los acogen creyendo que con eso pagan una deuda que nunca adquirieron. Es darwinismo puro: la especie más adaptable sobrevivirá y se multiplicará en detrimento de los individuos más débiles.
Y los invasores (no migrantes) son la especie más adaptable. Llevan siglos viviendo entre la mugre, la mierda, las moscas, las aguas albañales, el desorden y la imposición violenta de sus primitivas costumbres. Sus huéspedes europeos, por el contrario, hace años dejaron de reproducirse y adoptaron la tolerancia sumisa como forma de expiar sus inexistentes culpas. Son el target perfecto para los parásitos de una y otra especie.
Hoy los europeos comienzan a dudar de las narrativas hegemónicas pero ya es demasiado tarde. El mal ya está adentro de sus hogares y no podrán deshacerse de él con facilidad. Al menos no si siguen permitiendo que los burócratas sinvergüenzas que cobran grandiosos emolumentos a las ONGs globalistas por difundir sus bulos les dicten su proceder.
Hoy las calles de las principales ciudades europeas son basureros a cielo abierto. El desorden y la inseguridad son palpables. Cientos de miles de parásitos habitan las calles empuercándolo todo, timando a los turistas, violando mujeres, protagonizando grescas de pandillas y clanes, cobrando subsidios y matando. Es lo que ocurre cuando la ideología, el infantilismo y la emocionalidad desplazan al pragmatismo y al sentido común.

Por dondequiera que usted mire en Europa verá a un moro o a un africano vagando, parasitando, viviendo del trabajo ajeno mediante las «ayudas» que es el eufemismo dado al expolio del patrimonio ajeno. Si las «ayudas» se atrasan salen a destruir, a quemar, a dañar, a matar. Si los castigan juegan la carta del racismo, de la intolerancia, de la islamofobia y, cómo no, de la «deuda». Nunca se llenan, nada aportan como no sean sus hedores corporales y sus fetos que crecen y los relevan ahora con más derechos porque habiendo nacido en el país invadido son nativos del lugar que destruyen.
De esta tragedia global solo me alegra que le ocurra a España. Ese país de mierda habitado por individuos de mierda capaces de cometer los peores vejámenes contra los animales merece que los moros y los africanos los destruyan. Ojalá quemen esa mala patria y después orinen sobre sus putas cenizas.
Si por allá llueve…
Contrario a lo que podría pensarse, el fenómeno de las invasiones no es exclusivo de Europa. En América Letrina también vivimos nuestro propio calvario por cuenta de los venezolanos que huyen de la miseria. Nuestras ciudades, que no es que antes estuvieran muy bien, se han llenado de indigentes, locos y presos que el régimen del dictador Maduro ha sacado de las calles, de los manicomios y de las cárceles venezolanas para que deambulen en chancletas por todo el continente.
Son legiones de sujetos con los pelos teñidos con agua oxigenada los que han llegado a nuestros países exigiendo educación, vivienda, salud, subsidios y un sinnúmero de prebendas que recibieron en su propio terruño hasta que destruyeron la economía. No es que se cansaran del socialismo: es que parasitaron tanto su país que lo destruyeron y ahora van por otras naciones: Chile, Panamá, Colombia, Perú, cualquiera les sirve para desangrarla y cuando tienen a la vaca macilenta en los puros huesos agarran sus chancletas y buscan una nueva víctima que los mantenga.

Los bien-pensantes colombianos, que son más malos que los invasores, nos quieren convencer de que todos los infelices que nacimos en estos mataderos tenemos una «deuda» con los venezolanos. En el caso de Colombia la razón es tan pueril que da grima: «como hace décadas los colombianos migraron a Venezuela, ahora debemos acoger a los locos y a los expresidiarios que el régimen mafioso nos envía».
Entonces, según sus majestades los dotores humanistas, la cosa es así: como en 1980 unos colombianos que no conozco, a quienes nunca vi y de quienes nunca recibí nada se fueron para Venezuela, yo debo ver con buenos ojos que en mi ciudad un comerciante tarde más en abrir su negocio que el hermanito bolivariano en llegar a cobrarle la extorsión. Así mismo, como alguna empresa norteamericana hizo chanchullos con los políticos venezolanos para llevarse el petróleo más barato, el señor Smith en Boston debe aceptar que en su ausencia un par de alimañas tropicales desocupen su casa. Todos estamos en «deuda» con esas pobres criaturas atormentadas…
Pero yo no tengo deudas. O sí tengo, pero no con ellos. A los venezolanos, a los palestinos, a los africanos, a los judíos y/o a los indígenas del Cauca no les debo nada, ni mierda, cero. Lamento mucho que hace 500, 200, 100 ó tan solo 75 años alguien los maltratara y les robara pero no fui yo. Dejen de decirme que debo aceptar la inseguridad, la suciedad y el desorden para inflarle el ego los malnacidos posers, académicos y burócratas que viven del cuento.
Como ciudadano sé que debo aportarle a mi país. Sé que debo pagar mis impuestos pero quiero que esos impuestos se inviertan en seguridad, en justicia y en construir la infraestructura que nos saque de este subdesarrollo tan hijueputa en que vivimos. Por ningún motivo quiero que el fruto de mi trabajo se use para pagar la sala de partos VIP donde la Usnavy va a dar a luz al decimosexto feto del Yonaiker. ¿Es mucho pedir?
A veces pienso que debería irme a vivir a una montaña pero después caigo en cuenta de que allá también llegarán las sanguijuelas a cobrar la deuda que nunca contraje. Es una puta pesadilla.
