En el patético mundo de las redes sociales todo se trata de presumir o de vender. Entiendo lo segundo, todos debemos ganarnos la vida pero lo primero es desconcertante. ¿De dónde nace esa necesidad imperiosa de Presumir? ¿Están de verdad tan enfermos de su autoestima y de sus emociones que requieren a toda costa sentir la admiración de otros para no lanzarse al vacío desde un décimo piso?
Y la respuesta más obvia es que sí, lo están. Están jodidamente enfermos. Es lo único que puede explicar la compulsión por presumir sus pequeñeces a triple jornada y sin descanso. Un trabajo de tiempo completo remunerado con likes que muchas veces se dan por lástima o por simple cortesía. A los esclavos de antaño les fue mejor que a estos pobres infelices.
Realidades distorsionadas por los filtros, estándares inalcanzables, insatisfacción permanente, malestar. Las redes sociales son fuente inagotable de amargura para quienes las alimentan con sus inseguridades y para quienes consumen los estentóreos gritos de auxilio que otros desdichados publican.
Porque cada selfie, cada foto del auto, cada imagen del plato de comida a punto de convertirse en algo mucho menos glamoroso es eso, un grito de auxilio que lanza el enfermo. Pero es un grito que nunca llega a un oído receptivo porque quienes reciben la señal no pueden interpretarla ya que están tan perturbados como él. En esos manicomios digitales nadie entiende lo que está pasando porque todos sufren de lo mismo. La enfermedad mental es la norma, la cordura una rareza.

Este patético juego de autoestimas en ruinas funciona porque siempre habrá alguien por encima y alguien por debajo de nosotros. Nos comparamos con quienes están por encima y eso nos hace sentir miserables. Luego, para equilibrar la balanza, presumimos alguna pequeñez insignificante para trasladar ese malestar a quienes se encuentran por debajo de nosotros. Este dramático ciclo se repite una y otra vez a perpetuum mobile sin que sus intervinientes se percaten de su viciosa y tragicómica situación.
Quienes usan las redes sociales para presumir (o sea casi todos) están tan enfermos como quienes no pueden dejar de consumir la basura que otros presumen. Es una situación clásica de adicción y codependencia. Mientras el primero necesita pequeñas pero continuas dosis de aprobación, el otro abandona su individualidad para enfocarse en las nimiedades del otro: ¿qué estará haciendo? ¿En dónde será eso? ¿Se divorció y tiene una nueva pareja? ¿Ha bajado de peso?
Unos y otros se utilizan para procurarse un dolor que en sus casos es la fuente del goce: aquel concepto lacaniano que se refiere a una satisfacción que excede el principio del placer, a menudo asociada con el dolor, el malestar y la repetición traumática. El goce es lo que el sujeto no puede impedir que lo satisfaga. Es el inexplicable masoquismo del individuo que disfruta destruyéndose a sí mismo.
Lo único que podemos hacer con las redes sociales es hundirnos en su lodazal o abandonarlas por completo. De la misma forma que no podemos consumir heroína de forma segura, tampoco podemos estar dentro del algoritmo (Incordio) sin vernos afectados por él. No existe tal cosa como la forma sana de consumir contenido basura. ¿Durante cuánto tiempo podríamos consumir comida descompuesta sin enfermarnos? O estamos adentro o estamos afuera. Sin puntos medios ni zonas grises.
Internet está lleno de conocimiento, de información valiosa, de arte, de belleza, de oportunidades y de valor pero nada de eso se encuentra en los mefíticos estercoleros de las redes sociales. Es una herramienta como cualquier otra. Como un martillo con el cual podemos colgar un cuadro hermoso o aplastarnos una mano. Es usted quien decide el uso y la utilidad que le dará a Internet, ese maravilloso invento creado por las mentes más brillantes de la humanidad. Yo ya lo decidí.
