Me aburren los embelecos y me irritan las razones que, supuestamente, los justifican. Razones que, en la mayoría de los casos, no aguantan una revisión seria de cinco minutos. Ni una sola de estas tonterías debería ser tenida en cuenta y, sin embargo, a menudo estos embelecos son los ladrillos con los cuales construimos nuestra identidad.
Religión.
La religión es el embeleco mayor, el embeleco por antonomasia. Usted póngale el nombre que quiera: cristianismo, islam, hinduismo, sintoísmo, da igual, ninguna aguanta un debate a la luz de los hechos. Y como los hechos no encajan con la realidad demostrable entonces aparece la fe: «Mis sentidos me dicen que estoy comiendo excremento pero yo decido creer que es un delicioso tiramisú».
Todas las religiones, o sea todos los embelecos, dicen más o menos lo mismo: que en algún lugar (o en todos) existe un ser supremo omnipotente y omnisciente que nos creó a su imagen y semejanza (vaya ego), que nos ama porque somos sus hijos y siempre quiere lo mejor para nosotros.
Obsequious and arrogance / Clandestine and pain / Two-thousand years of misery / Of torture in my name / Hypocrisy made paramount / Paranoia the law / My name is called religion / Sadistic sacred whore. —Motörhead, Orgasmatron.
Los textos sagrados son claros al decir que «¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre» (Mateo 10:29,31) y que «No cae la hoja de un árbol sin que dios lo sepa» (Sura 6 v. 59). Es decir, ese caballero (sí, además es hombre como Néstor) lo puede todo y lo sabe todo. Eso dicen los libros pero analicemos, mediante el razonamiento deductivo, lo que ocurre en la realidad:
¿Dios puede impedir que te dé cáncer de páncreas?
—No → Entonces no es omnipotente.
—Sí pero no lo hace → Entonces es negligente y cruel.
¿Dios sabía que un ladrón te iba a apuñalar en el pecho?
—No → Entonces no es omnisciente.
—Sí pero no lo evitó → Entonces es negligente y malvado.
Si yo pudiera impedir una violación, la impediría con gusto. Esa es la diferencia entre dios y yo. ¡Arrodíllense ante mí! Pero dejemos eso y más bien deleitémonos con un prodigio, a continuación serán testigos del mayor milagro nunca antes visto por ojos humanos ni mencionado por mortal lengua. Con ustedes, el milagro del ano:
La Patria.
Ah, qué maravilla es La Patria, esa pequeña porción geográfica a la cual nos sentimos ligados y por la cual, de ser necesario, daremos la vida. Bueno, daremos no, ni pensarlo: darán. Darán ellos porque yo por este pegujal no ofrendo una uña. ¿Por qué entregaría mi vida por un simple accidente biológico? ¿Acaso valgo tan poquito para hacerme matar por algo que no elegí?
Por las medallas de tu pais soldado mutilado / Has sido condecorado / Sin un brazo estás deformado / Bendición te da la nacion / Se sienten orgullosos de ti / Que luchas por tu país, estúpido servil / Amor te quieren infundir / Amor por un fusil listos para morir. —La Pestilencia, Soldado mutilado.
Las probabilidades de nacer en Colombia son del 0,65%. Las mismas posibilidades tenía de nacer en Canadá pero no, la ruleta del destino no quiso que cayera el 20 y aquí estoy viendo homúnculos sobre sus motos atropellando y matando mientras agradecen al dios de arriba por haberles dado la vida en semejante paraíso terrenal donde una de las manifestaciones culturales es poner dos aves de corral a pelear hasta que se saquen los ojos con las espuelas y se destripen a picotazos.
Y como las patrias, salvo aquellas pocas decentes, realmente no tienen nada que mostrar, usan lo simbólico como aglutinante. Una bandera los une, un trapo con unos colores que, según ellos, nos representan a todos; un himno cargado de hipérboles que narra masacres supuestas epopeyas de las cuales debemos sentirnos orgullosos y un escudo que, bien analizado, debería ponernos a pensar en el fracaso social, humano y biológico que somos.
¿No cree que sea así? Bueno, entonces dígame: ¿cuántos cóndores andinos quedan en Colombia? ¿No lo sabe? Tranquilo, yo sí sé y con gusto le respondo: quedan apenas 150 cóndores. A los demás los mataron. Ah, no, perdón, quedan 151 si contamos el mamarracho del escudo nacional…
El Fútbol.
El más insulso de los embelecos. El más incomprensible. Los seres del futuro tendrán que analizar lo ocurrido en estos siglos aciagos y pedir perdón a la nueva humanidad pensante. Que unos adultos pateando una pelota genere esas pasiones debería ser suficiente para reevaluar la teoría de Darwin y declarar a la inmunda cucaracha y al noble cucarrón mierdero como reyes indiscutibles de la creación.
¡Ganamos! Berrea Yonaiker, el chiquillo de 552 meses mientras luce su camiseta de la selección de fútbol falsificada en un taller clandestino y comprada en un semáforo sin bajarse de su moto. ¿Ganamos quiénes? ¿Yo también gané? Pregunto yo. ¡Pues claro! Responde sin ambages el feliz ganador. ¿O es que acaso usted no es colombiano? Remata el furibundo hincha con tercer grado de alicoramiento que acaba de dejar su quincena en la cantina y a sus 6 piojosos hijos sin comida. Menos mal ganaron…
Y sí, lastimosamente yo soy colombiano pero no gano cuando ellos ganan ni pierdo cuando ellos pierden. ¿Por qué debería alegrarme o entristecerme el resultado de algo con lo cual no tengo nada que ver? Yo me alegro de mis pequeñas victorias porque son mías, porque son el fruto de mi esfuerzo como la obtenida aquella noche de agosto de 1997 cuando logré que la tapa metálica de mi vasito de yogur saliera completa.
El Estado.
De todos los embelecos el Estado es el más infame y el más dañino. La religión es arsénico pero el Estado es toxina botulínica aderezada con fluoracetato sódico. De la religión podemos pasar, prescindir, del Estado no. A dondequiera que vayamos encontraremos un Estado voraz sediento de nuestros haberes. Hagamos lo que hagamos, no podremos escapar del Estado así como no podremos escapar de la muerte.
Este cáncer metastásico nació hace un poco más de 5.000 años en las sociedades agrícolas cuando unos avivatos descubrieron que era posible vivir a costa de los pobres pendejos que dejaban su vida en los campos tirando azadón. Desde entonces no ha dejado de crecer y de perfeccionar sus métodos de sustracción. Es un ladrón inmortal que nunca descansa, se ejercita a diario y toma esteroides.
Estado es el nombre del más frío de todos los monstruos fríos. Fríamente miente; he aquí la mentira que sale arrastrándose de su boca: Yo, el Estado, soy el pueblo. ― F. Nietzsche.
¡El Estado te cuida! Rebuzna la feligresía del expolio. Claro que sí. La burocracia existe por tu bien y las entidades redundantes se crean para tu beneficio. Por eso mientras más parásitos contrata el Estado mejor te va a ti. ¿Acaso tu vida no mejoró cuando en Colombia crearon el Viceministerio de la Apropiación Social? ¿Me vas a negar que tu vida era un infierno antes de que contrataran a esos burócratas y les pagaran sueldos millonarios que salen de tu bolsillo?
Por desgracia para esas lacras, la realidad suele imponerse sobre los embelecos y lo cierto es que la única función del Estado es la captura de rentas. Trasladar la riqueza generada por las personas decentes hacia los parásitos, de eso se trata. Un funcionario público es una desgracia para la peluquera, el taxista y el carnicero quienes deben mantenerlo a cambio de nada. ¿Qué obtuvieron el cirujano, el fontanero y la manicurista cuando el congreso decretó que la arepa era Patrimonio Cultural?
Hablemos de apenas dos de las supuestas bondades del Estado. Comencemos por la educación, ¿cuántos burócratas hay entre el profesor y el alumno? ¿A cuántos parásitos debemos mantener para que Juanito aprenda a multiplicar? Sigamos con la salud, ¿cuántos burócratas se interponen entre el paciente y su médico? ¿A cuántos asquerosos debemos mantener para que a doña Zoila le den un blister de acetaminofén?
Y podría seguir hablando de las obras inconclusas, de mala calidad o con sobrecostos las cuales se cuentan por miles. O podría hablar de la inmensa impunidad que vivimos a pesar de destinarle billones y billones al sistema de justicia pero el punto está claro: no funciona, nada funciona y no obstante nos cuesta mucho, demasiado. ¿Por qué los ciudadanos deben pagar los 400.000 salarios de unas fuerzas armadas que no los protegen?
La relación burócrata / ciudadano siempre será inversa. Para que al burócrata le vaya bien al ciudadano debe irle mal. Si el dinero se quedara en el bolsillo del ciudadano decente el burócrata no podría vivir en una mansión ni pagarle a sus putas. El Estado no funciona por diseño. Solo así puede crecer: «no funciona, lo agrandamos».
Para terminar quiero decir que en el mundo solo existen dos clase sociales: aquellos que pagamos impuestos y los gusanos que viven de ellos. Lo demás es paja.
