Esta mañana en el blog El Cuarto de Gatooscuro leí una entrada titulada La fantasía de ser invisible. El post me encantó y me hizo pensar en las maromas que hacemos para, según nosotros, evadir la vigilancia masiva. No voy a transcribir toda la entrada, ustedes pueden leerla pinchando el link. Lo que haré será traer y comentar algunos fragmentos sobre los cuales creo que debemos reflexionar.
Hay una fantasía persistente, casi infantil, que se repite entre técnicos brillantes, paranoicos de fin de semana y criptobros con complejo de protagonista: la idea de que existe una aplicación correcta, un sistema definitivo, una combinación exacta de software que, una vez instalada, te vuelve invisible. Como si la vigilancia funcionara por descuido. Como si bastara con elegir bien para que el mundo mirara hacia otro lado. Es una fantasía cómoda. Y profundamente falsa.
Esto me hizo pensar en nuestros hábitos digitales. El software está bien pero, ¿de qué nos sirve cambiar la IP, falsear la MAC, desactivar JS y rechazar las cookies, entre otras, si nuestros hábitos digitales son predecibles? Si alguien nos está buscando no nos va a encontrar por la dirección MAC. Esa persona llegará a nosotros rastreando nuestros hábitos.
Cuando digo alguien no me refiero a una agencia. No creo que la NSA esté interesada en personas del montón como nosotros. Pero ese alguien puede ser un delincuente común. Un estafador, por ejemplo. Si esa persona conoce nuestros hábitos y rutinas le será muy fácil llegar a nosotros.
El paranoico moderno no quiere desaparecer: quiere seguir viviendo igual, pero sin consecuencias. Quiere conservar la comodidad, la identidad, la visibilidad selectiva y el reconocimiento, mientras cree que el cifrado lo absuelve. Ese es el autoengaño central. La privacidad real no es una capa que se agrega, es una vida que se resta. Y ahí es donde la mayoría se quiebra.
La frase: «La privacidad real no es una capa que se agrega, es una vida que se resta» lo explica a la perfección. ¿A qué estamos dispuestos a renunciar por nuestra privacidad? De nada nos sirve llenarnos de capas y distractores si seguimos habitando los mismos espacios que nos hacen accesibles y vulnerables. Si elegimos la privacidad tenemos que renunciar a la exhibición.
Por eso el juego nunca fue ser invisible. El juego es volverte irrelevante. No interesante, no heroico, no digno de relato. Aburrido. Fragmentado. Difícil de encajar en una historia clara. Todo lo que el ego odia. Todo lo que la vigilancia detesta analizar.
«El juego es volverte irrelevante». Ahí está todo. No podemos ser invisibles pero podemos ser irrelevantes y, al serlo, ninguna mirada se posará sobre nosotros. Ser irrelevante se convierte entonces en la invisibilidad de facto. No lo había pensado pero es cierto. Las medidas técnicas que tomamos para proteger nuestra privacidad están bien pero si seguimos siendo el foco de alguna atención, por pequeña que sea, no estaremos haciendo nada.
Aquí aparece la verdad que incomoda incluso a quienes “saben”: la mayoría no cae por una falla técnica, sino por una debilidad psicológica. Por querer ser entendido. Por querer pertenecer. Por convertir la privacidad en identidad, en lugar de asumirla como una renuncia silenciosa. Cuando la seguridad se vuelve parte del personaje, ya está comprometida.
Pertenecer… ¿Por qué queremos pertenecer a algo virtual? Creo que ya estoy listo para pasar lo que me quede de vida sin pertenecer a nada. Estoy listo para convertirme en individuo y asumir la privacidad como una renuncia silenciosa. ¿Renuncia a qué? A todo aquello que permita inferir algo real y se convierta en punto de fallo.
La privacidad no es una aplicación ni un entorno. Es una práctica que erosiona la vida social tal como la conocemos. Reduce explicaciones, reduce huellas, reduce relatos. Obliga a aceptar que no todo debe ser dicho, compartido o documentado. Y esa reducción constante es agotadora. Por eso casi nadie la sostiene.
«No todo debe ser dicho, compartido o documentado». Precisamente el fin de semana pensaba en lo fácil que sería para un delincuente atacar a muchos de mis amigos y conocidos. Muchos de esos idiotas lo comparten absolutamente todo y en tiempo real. No soy psicólogo pero sé que algo está funcionando muy mal en esas autoestimas.
¿Qué puede ser mejor que disfrutar un espectáculo, una playa de aguas turquesas o una deliciosa cena en silencio? La fantasía de ser invisible puede dejar de ser eso, una fantasía, y convertirse en una realidad pero debemos renunciar a las explicaciones que damos, a las demostraciones que hacemos y a las huellas que dejamos. ¿Podemos dejar de usar nuestras experiencias como herramientas de ostentación?
La vigilancia no se derrota con software. Se sobrevive entendiendo que la invisibilidad no es un estado, sino una práctica incómoda, inestable y profundamente poco glamorosa. Y que, para casi todos, ese precio es demasiado alto. Y que, para casi todos, ese precio es demasiado alto.
La mayoría de personas no quieren/pueden dejar de presumir sus pequeños, a veces diminutos, logros. Una gran porción del contenido de Internet se trata de eso. Por eso la otrora autopista de la información se convirtió en la trocha de la frivolidad. Para muchos, la mayoría quizás, sería incómodo y poco glamoroso dejar de documentar sus insignificantes existencias. Allá ellos, yo no tengo que vivir así.
Llevo algunos años aplicando la higiene y el minimalismo digital pero leyendo el post de Gatooscuro caí en cuenta de que, aunque en lo técnico hacía lo básico para proteger mi privacidad, en lo personal estaba fallando al tener hábitos digitales predecibles. Eso puede comenzar a cambiar hoy mismo.
