La tumba olvidada

Estuve en una ciudad donde acostumbraba pasar tiempo en mis periodos vacacionales. De tanto ir, año tras año, me hice amigo de los otros jóvenes de la cuadra. Con el tiempo y la repetición nació una amistad que, con algunos de ellos, aún perdura (aunque no nos frecuentamos mucho porque yo llevo la vida social de Stalin).

Uno de esos conocidos era Javier. Digo conocido porque no éramos propiamente amigos entrañables y digo era porque ya no es: se mató. Un día de noviembre de 1991 se estrelló en su motocicleta contra un poste de energía y ahí quedó, c’est fini. Yo asistí a sus exequias.

Bueno, no a sus exequias. En realidad solo asistí a su entierro pues la parte del velatorio y el embeleco religioso siempre me los pierdo con gusto. Pero asistí, no sé por qué pero asistí. Y estando de vuelta en la ciudad sentí curiosidad por ver de nuevo la tumba de Javier, no sé por qué pero sentí curiosidad.

Entonces me subí a mi auto de combustión, único responsable del calentamiento global, y partí hacia el cementerio pasando antes por un McDonald’s para comprar un McFlurry de M&M’s, mi helado favorito. Tenía la esperanza de que el drive-thru lo estuviera atendiendo el mismísimo Trump para cantarle unas cuantas verdades pero no, en su lugar estaba una gorda fea de pelos morados y pañoleta verde al cuello. 

—Son $34.000, dijo la gorda fea.
—Aquí tiene, y quédese con el cambio, dije yo mientras le pasaba un billete de $50.000 y en mi mente maldecía la inflación.

El motor de mi auto en reposo rugía como un carnívoro hambriento. 4.500 cc de pura resistencia contra el discurso hegemónico de los tarambanas llenos de derechos.

—Señor, su auto no es eléctrico ni ancestral con perspectiva de genero, ¿cierto? Pregunto la gorda.
—No señora, es de combustión. Quema 6 litros de gasolina con plomo y cianuro por kilometro recorrido, respondí.
—¿No le preocupa el medio ambiente?
—Para nada. Ayer atropellé a una ardilla y di reversa para rematarla mientras escuchaba Orgasmatron.
—Las personas como usted me dan asco, sentenció el triglicérido parlante.
—En cambio tú me encantas —respondí— ¿puedo tomarle una foto a tus axilas peludas?
—¡Maldito cerdo fascista héteropatriarcal! Berreó el infarto con ojos.
—¡Denúnciame con Al Gore, vaca pecuecuda! Repliqué y acto seguido aceleré a tope dejando tras de mí una nube de humo tóxico, denso y gris que tardó tres cuartos de hora en disiparse.

Con mi delicioso McFlurry de M&M’s partí hacia el cementerio escuchando Spoke in the wheel de Black Label Society y pensando en el buen negocio que debe ser ser psicólogo en nuestro mundo actual lleno de idiotas delicaditos, inestables, inseguros, traumados, patéticos y sobreactuados. 

En el cementerio se me hizo difícil encontrar la tumba de Javier. ¡Qué cantidad de muertos! Además han pasado 35 años desde el aciago día. ¡35 años! ¿Cuántos años tenía yo entonces? Creo que 49, lo que hoy se dice un crío en busca de una identidad y de su lugar en el mundo. Solo recordaba una pequeña colina y un árbol imponente del cual colgaban unas lianas hermosas ideales para ahorcarse.

En la búsqueda de Javier pasé por encima de Diógenes, de Sedulfo, de Agripina, de Arsenio, de Cosme, de Graciano, de Asdrubal, de Wenceslao y cuando orinaba sobre la tumba de Aníbal vi, en mi diagonal sur, la tumba de Javier. Justo en la colinita y a pocos pasos del majestuoso árbol del cual colgaban unas lianas hermosísimas ideales para matarse.


La tumba olvidada


Pero lo que encontré fue una tumba olvidada, abandonada, mohosa y casi ilegible. No soy una persona emocional pero no pude evitar sentir pena por Javier. ¿Y sus autodenominados amigos? ¿Y sus familiares? ¿Qué se hicieron? Por el estado de su lápida sé que hace años nadie viene por aquí. A nadie le importa. A mí tampoco pero aquí estoy. What the hell am I doing here? I don’t belong here…

Entonces hice lo que cualquier persona decente haría: robé unas flores plásticas de una tumba cercana y las puse en la tumba olvidada de Javier. Eran unas flores artificiales made in China hermosas de un color que ningún heterosexual podría describir. No tener el teléfono de Néstor para preguntarle cómo se le dice a ese color en su lenguaje progre, pensé.

Me senté un momento junto a la lápida y recordé el día del entierro. Recordé las caras largas, los mocos y los sollozos de sus autodenominados amigos y recordé también la lluvia de cárpulas de cocaína que cayó sobre el féretro mientras los sepultureros lo bajaban con unas gruesas correas de poliéster trenzado.

¿Para qué le tiraron la coca al muerto esos idiotas? Me pregunté. ¡Qué desperdicio! Pensé. Mejor se la hubieran metido en el velorio. Con esa cantidad de polvo ancestral varios habrían muerto de sobredosis y la funeraria nos habría hecho un descuento en sus servicios al por mayor. Lo que nos habriamos ahorrado velándolos a todos en la misma sala…

En ese momento sentí deseos de tomar una copa pero ya no bebo. Quise también fumar un cigarrillo Marllboro y aspirar grandes bocanadas de adenocarcinoma pero recordé que tampoco fumo. Quise hacer otras cositas tipificadas como contravenciones en el Código de Policía pero hace añales las dejé y además no tenía a la mano una pala para sacarle el alijo al difunto. Maldita sea, la vida sana me está matando, pensé.

A lo lejos noté que estaban enterrando a un sordomudo. Lo supe porque sus amigos lo lloraban en lenguaje de señas. No sabía que eso se podía, pero fíjate, Javier, todos los días se aprende algo. En ese momento sentí que ya era suficiente de tonterías y quise salir de ese maldito lugar.

Mientras caminaba hacia el auto pensé: «de manera que así es como termina este asunto insulso de la vida: con una tumba olvidada, abandonada, mohosa y casi ilegible». Qué mierda tan insignificanete y sin sentido es la existencia humana. Parafraseando a los Héroes: Tanto vagar para no conservar, nunca nada.

Durante el trayecto entre la tumba olvidada y el auto tomé la decisión de comenzar a cuidar mi salud, a comer bien, a dormir bien, a no meterme en problemas con les chiques. ¿Quién solventaría los vicios de Ratón-Ratón si yo moría? ¿Quién pagaría la fortuna mensual que me cuesta la comida de La Pirinola y su pandilla? ¿Mis amigos? ¡Ja! Ya sabemos para lo que sirven esos hijueputas.

Temas: Personal
J. Inversor

Escrito por:J. Inversor Otros posts del autor

Privacidad no es secretismo. Secretismo es cuando quieres que algo no se sepa. Privacidad es el inalienable derecho que todos tenemos de revelarnos selectivamente al mundo.