Se acaba una semana que Séneca en su infinita sabiduría llamaría semana de mierda. Bueno, no, qué desprolijo me he vuelto. Séneca diría merculenta tempora porque en el siglo I d.C., los romanos no usaban la palabra semana. Eso vino después, con el cristianismo. Pero ese no es el tema, el tema es que la semana fue una puta pesadilla.
Pero al menos, aunque la pesadilla no ha terminado, sí terminó la semana. Tras haber pasado tantos días de estrés en el mundo real (no el de las pantallitas) decidí relajarme un poco frente a la compu. Le ordené a mi mayordomo Ratón-Ratón que destapara una botella del mejor whisky escocés de 18 años que tuviéramos en la bodega, nada de esas aguamierdas de Kentucky que llaman bourbon. No señor, es-co-cés, hecho con granos nobles como el trigo, el centeno y la cebada y no con ese maldito maíz que consumían los índigenas de América antes de que llegaran los europeos y les enseñaran a limpiarse el culo y a cocinar al prójimo antes de comérselo.
Ratón-Ratón, como siempre tan diligente, buscó la botella, la destapó, se bogó un copioso trago (para verificar que no estuviera envenenado) y me sirvió una copa en cristal de Lalique. Sin hielo y a temperatura ambiente, como debe ser. Encendí un cigarro enrollado a mano por esclavos cubanos y desde la primera bocanada sentí el irresistible sabor de la libertad y el hipnótico buqué de la dignidad. Qué bien se la pasan los cubanos, pensé…
Encendí la compu, puse algo de música y me conecté a la maldita Internet. Quizás en los blogs encontraría algo para distraerme y olvidar, al menos por el momento, la merculenta tempora. Pero no. Nada que ver. Puras pendejadas: «Me conecté al vibrador de mi madre por ssh», «¿Sabías que eres 75% palestino, 91% negro y 66% trans?», «¡Ya salió Firefox 157.0.2 y me gustó más que Firefox 157.0.1». Mierda, qué tedio, qué mundo de fantasía tan insoportable. Aquí no hay masacres, aquí no hay gangrenas, aquí no hay orgías amateur de enanos. Aquí no hay nada.
Cerré el directorio de blogs, tomé un sorbo de escocés, le pedí a Ratón-Ratón recalzar mi copa y me dirigí a Substack. Quizás allá sí hubiera algo que me sacara, momentáneamente, de este aburrimiento/depresión/ansiedad que me aqueja. Pero no. Tampoco. Nada. Centenares, miles de bobos jugando a ser escritores con sus frases de relumbrón, sus lugares manidos y sus obviedades. Poemas insulsos, prosas mal estructuradas, vivencias sobrevaloradas, emociones sobractuadas, paroxismos, espiritualidades de mierda. Poses, en fin, que es lo que hay en Internet. Poses y más poses…
Ratón-Ratón estaba cenando su deliciosa almojábana de queso recién horneada pero siempre atento a mis requerimientos. Él se dio cuenta de mi desazón. Supo, por mi mueca de hastío, que yo no podía más con la maldita Internet. Quizás intuyó que estaba cerca de agarrar la computadora y lanzarla por la ventana. Entonces dejó a un lado su deliciosa almojábana de queso recién horneada y se sentó a mi lado para tranquilizarme y darme algo de perspectiva.

—Kar, ¿te puedo decir algo?
—Háblalo maricón.
—Estás irritable, irascible, intranquilo, ansioso y descontento. No te aguanta ni tu puta madre.
—Lo sé, lo sé, tengo problemas con la puta gorda bigotuda del sector público.
—¡¿Y qué?! Dale un billete a esa vaca de mierda y sales de eso. Además, ella tiene más problemas que tú: tiene hemorroides, bigote, el colesterol alto, los triglicéridos por las nubes y necesita una mastopexia porque esas tripas escurridas que ella llama tetas ya le taparon el ombligo.
—¿Será que le mojo la mano con unos pesos al infarto ese?
—¡Pues claro güevón! Tú aquí dándote mala vida y esa hijueputa en su casa conectándose a su vibrador por ssh.
—Lo pensaré Ratón-Ratón, lo pensaré.
—Bueno, piénsalo, pero por ahora deja esa mala cara y metámonos a las redes sociales a burlarnos de los soretes.
—Jummm… Meh, dale…
Ratón-Ratón y yo nos servimos un trago nuevo para cada uno. Él llamó a su dealer y le pidió unos gramitos del único producto colombiano que no necesita control de calidad. Acto seguido nos dirigimos a la primera red social: Mastodon, el hogar de la bienpensantía.
¡Santo Dios! Lo que nos divertimos con Ratón-Ratón en Mastodon. ¡Puta madre es que todos son iguales! Es increíble que personas inconexas de modo, tiempo y lugar puedan ser tan pero tan iguales. No difieren un ápice le une de le otre. Todes defienden (de palabra, claro), los mismos delirios ideológicos de quienes encontraron en el discurso bobalicón e infantilizado una forma de evitar ganarse la vida en el mercado laboral de los resultados.
Si lees una bio en Mastodon ya las leíste todas: anarquista, software libre, aliade, pro-Palestina, Linux, LGBTIQPro-Max, vegan y todo aquello que le suena bonito a aquellos que no conocen el mundo real más alla de la tasa de refresco. Una absoluta delicia. Hombrecillos con el culo dilatado como una olleta de tanto repartirlo que no durarían 30 minutos en Gaza porque los mismos a quienes dicen defender los enviarían, sin escalas, con Alá a ver si sus vírgenes tetonas les quitan la maricada.
No aguantamos ni 30 minutos en Mastodon. Cuando vimos a un chiquillo argentino de 612 meses contando su lucha (en Internet, desde luego) contra el Estado faloopresor para que le autorizaran la citología decidimos salir. No por intolerancia, de ninguna manera, es que si seguíamos riendo así podríamos morir asfixiados. Siguiente parada: Facebook.
Wow, cómo se ha deteriorado Facebook. Digo, antes ya era una cloaca infecta pero ahora es una cloaca infecta, destapada, rebosada y repleta de moscas y gusanos. Facebook es pobreza, pobreza en vitrina. Precariedad. Lo mínimo elevado al Olimpo. Como dijo don Mario: «las cosas más triviales se vuelven fundamentales». El pastelito de cumpleaños, el viajecito a la playa, el diplomita, la abuelita mueca saliendo de una diarrea… Y más poses, muchas más: «mamita, aora ke hestas en el sielo kuidame a mi y al Yonaiker»… Putos imbéciles… ¿De dónde sacarían que los muertos leen su asqueroso muro en Facebook?
—Oye Ratón-Ratón, sácame de esta red social, no soporto ver tanta indigencia material, mental y moral.
—Como ordene mi comandante, ¿hacia dónde nos dirigimos?
—Quiero ir al charco donde se refleja el maricón de Narciso, llévame a Instagram.
—En el acto.
Entramos a Instagram con Ratón-Ratón y bueno, lo de siempre: la selfie, la frase motivacional sacada del orto, el hipermegaempresario que te enseñará a ser rico sin mostrarte su portafolio, la foto de las tetas con una leyenda que apela a tus anhelos de salir adelante (porque, claro, si hay algo que facilita el ascenso social es un buen par de ubres) y, pues, lo habitual. Sin embargo, dándonos una vuelta vimos una foto tomada en un teatro. Qué raro, pensamos, no hay pezones, ni fajos de dinero de utilería, ni réplicas de relojes. Hicimos zoom a la foto y quedamos estupefactos (o putrefactos).
—Hey marica — dijo Ratón-Ratón— ¿esos dos no somos nosotros?
—Déjame ver…
—¿Y?
—La puta madre Ratón-Ratón, somos nosotros, nosotros fuimos a ver esa obra y salimos en la selfie de esa tonta patológica insegura de mierda.
—¿Y ahora qué hacemos? Siempre evitaste tener fotos en Internet.
—¡Déjame pensar Ratón-Ratón!
El cielo se oscurecía más y más; el frío acentuaba; el whisky fluía; Ratón-Ratón esnifaba como un Maradona cualquiera; yo pensaba; la música sonaba; la dopamina se reciclaba; el cigarro cubano fabricado por esclavos dignos se apagó; el tiempo pasó y cuando ya estábamos a punto de caer, rendidos por la borrachera y el shock de sabernos visibles en la maldita Internet, tuve una gran idea:
—Lo tengo Ratón-Ratón, esa foto me importa un sieso, es indirecta, pero nunca volveré a salir a la calle con el rostro desnudo.
—No entiendo…
—Prefiero que me vean el culo, a riesgo de ser seducido por un Mastodontito.
—¿Y entonces qué vas a hacer?
—Saldré siempre a la calle con mi máscara favorita.
—¿Ah?

Y esto es lo máximo que verán de nosotros, malparidos que intentaron atacar el wp-admin. Besitos nenes.
